Connect with us

Suscribirse

Historias

A 42 años de la “implosión”

El día en que empezaron a domar al río Paraná

Por Cristian Nielsen

El río Paraná había bajado mucho de nivel, a más o menos como está en estos días. Con un par de amigos conocedores del lugar, bajamos la pronunciada barranca hasta llegar a la parte del pedregoso lecho que había quedado al descubierto. Estábamos unos 14 kilómetros aguas arriba de la entonces Ciudad Presidente Stroessner. Era uno de esos indefinibles días de octubre, año 1974. Orillado y cabeceando las torrentosas aguas, nos esperaba un alargado bote que habría de llevarnos al sitio preciso. 

El canoero era diestro y operaba con habilidad el motor Yamaha. Después de una corta navegación por lo que parecía el cauce central del río, la embarcación se encostó en la plataforma de una especie de balsa anclada con gruesos cabos de acero. Una torre triangular se levantaba en el centro y mostraba los aparejos  de lo que después sabríamos era una perforadora de lechos rocosos.

“Aquí es” dijo lacónicamente el canoero.

Ahí estábamos, al lado de la “piedra que suena”.

INIMAGINABLE – Después de una corta y poco atractiva charla técnica, supimos que la empresa concesionaria estaba tomando muestras del lecho basáltico del río Paraná. Tendrían que hacerlo muy bien y sin fallas porque ese pedazo de piedra tendría que soportar la que por mucho tiempo sería la represa hidroeléctrica más grande del mundo.

De vuelta a tierra y antes de escalar las vertiginosas barrancas, nos sentamos un rato para disfrutar el aire fresco y el amortiguado ruido del agua. Se me ocurrió plantear un ejercicio de imaginación, ya que lo único que había allí eran las intocadas márgenes del Paraná y alto, muy alto, nubes que corrían de noroeste a sureste.

-¿Se imaginan –dije abarcando el ancho del río con un ademán- una pared que cierre el río, se interne un kilómetro a cada lado y se eleve a 200 metros de altura?

Mis amigos me miraron como si estuviera delirando o algo peor. 

Yo había visto los primeros bocetos de Itaipú y francamente, trasladando esa idea al lugar que habría de ocupar en la realidad, era imposible siquiera imaginar.

Como no obtuve respuesta, eché una última mirada al lugar, mi amigo fotógrafo tomó un rollo de 35 mm casi entero con su Asahi Pentax e iniciamos la trabajosa escalada.

Así, sin darnos cuenta de lo que acabábamos de hacer, conocimos el lugar de la piedra sonadora.

Creí que nunca volvería a pisar ese lugar. Y me equivoqué.

“DIREITO A BURACO” – Exactamente cuatro años más tarde, cuando el canal construido en la margen izquierda para desviar el Paraná estuvo listo, los periodistas que cubrían el histórico momento fueron divididos en dos grupos. Unos tenían “direito a buraco” y otros no. La jornada estaba en manos de los explosivistas encargados de volar la grácil represa en forma de arco que sostenía al poderoso río que, minutos más tarde, se precipitaría por el tajo abierto en plena roca. El canal en sí mismo, aún siendo una obra transitoria, era un monstruo: 2 kilómetros de extensión, 150 metros de ancho y 90 de profundidad. 

La operación de voladura era cosa seria. Los expertos hablaban de “implosión” para minimizar el impacto de los fragmentos que serían lanzados al aire al estallar las 58 toneladas de explosivos repartidos a lo largo del dique.

Para permitir tomas espectaculares, los expertos habían preparado una especie de bunker lo mas cercano a la explosión que permitían los protocolos de seguridad. Aquel “buraco” revestido de cemento podía albergar sólo a unos pocos camarógrafos y fotógrafos, los elegidos con “direito a buraco”. Allí fue mi amigo. Volvió casi sordo pero con un valioso juego de fotos que pasaron a la historia.

DESCENSO AL INFIERNO — A mediados de 1985 volví a aquel lugar. Era irreconocible. La inimaginable gran muralla de cemento lo había cambiado todo. Los excedentes del río no usados por la central se despeñaban por el aliviadero de la margen paraguaya.  

Era una visita guiada para periodistas. El primer giro comercial de Itaipú se había producido un año antes y la instalación de las unidades de generación avanzaba según el cronograma. 

Nuestro cicerone no nos había consultado. Suponía que, al igual que para él, cualquier sitio del complejo era de interés. En un punto determinado entramos a un ascensor que, para mi gusto, bajó demasiado. Cuando salimos, el panorama era escalofriante. Caminábamos sobre una superficie rugosa, con restos de musgo que se negaba a morir. Nuestro guía señaló una interminable estructura de cemento que se elevaba como una catedral gótica y nos dijo sin miramientos. “Ahí detrás, dijo, está el río”. 

Como Moisés y los judíos tras abandonar Egipto, estábamos caminando a pie enjuto sobre el lecho del Paraná.

Un segundo después de tomar conciencia, lo único que quería era largarme de allí.

Aún hoy, recordar ese momento me sigue erizando los pelos de la nuca.

Equipo Periodistico
Escrito por

Equipo de Periodistas del Diario El Independiente. Expertos en Historias urbanas. Yeruti Salcedo, Lorena Barreto, Luz González, Jacqueline Torres, Patricia Galeano, Magalí Fleitas, Victor Ortiz, David Chamorro, Mary López, Juan Martínez, Fabrizio Meza, Lisandra Aguilar.

Copyright © 2020 El Independiente | Libre y Transparente
Desarrollado con mucha garra en

Seguinos
Suscribite al Independiente