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EL CANDIDATO
martes, mayo 11, 2021
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Reconocimiento facial
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Hasta donde sabemos, el instrumento informático que permite el reconocimiento facial de las personas fue llevado a una práctica masiva por el Estado chino. En una primera etapa, se lo utilizó como reemplazo de la impresión digital en los documentos de identidad. Luego, al estallar la crisis del coronavirus, se agregó, a su capacidad de bio identificación, sensores remotos que permiten leer la temperatura corporal de las personas.

Empleando algoritmos, los órganos de monitoreo pueden ubicar en una multitud a un potencial portador del virus, identificar su entorno inmediato y enviar a cada individuo una orden de aislamiento. Hasta aquí, el uso positivo de una herramienta informática de semejante potencia.

Ahora veamos una discutida variable de este modelo. Se trata de un programa puesto en práctica por la Universidad de Córdoba, Argentina. Es un software que permite al estudiante el uso del celular como instrumento de búsqueda de información durante un examen. Y al mismo tiempo que le inhibe navegar o chatear, “lee” su rostro en busca de posibles señales de estar copiándose de algún compañero.

Al final de la prueba, el programa entrega al docente una ficha completa de cada alumno, en formato de prontuario policial, con una galería de primeros planos con el (sic) “tiempo total de los eventos marcados” como potenciales indicativos de conducta fraudulenta. El software se denomina Lock Down Browsery y es presentado como una “alarma contra fraudes en exámenes on line”.

Le costó a la universidad unos Gs. 120 millones y ni bien fue puesto en práctica, abrió una polémica muy encendida por considerárselo un instrumento de vigilancia policíaca.

Se sabe que esta herramienta ha sido desarrollada para los servicios de inteligencia de prácticamente todas las potencias del mundo que vigilan de cerca a personas y organizaciones consideradas de alto riesgo para la seguridad nacional. Es muy común que toda esta tecnología pensada para el sector militar o para los organismos policiales acabe teniendo una versión de uso civil. El reconocimiento facial no es la excepción y tendremos que ir acostumbrándonos a él, tarde o temprano. Así, habrá llegando el tiempo en que la vetusta cedula de identidad pase a engrosar los activos de los museos.

Aunque por aquí tardará todavía un poco en llegar.

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