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EL CANDIDATO
sábado, julio 24, 2021
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Asunción

“Este puente va a caer…”

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Parábola de un Estado incapaz de cuidar sus propiedades.

La cancioncilla nació en el siglo XVIII en Inglaterra, cuando el Puente de Londres se desplomó por razones que nunca quedaron en claro. “London bridge is falling down, falling down, falling down…” (Este puente va a caer, va a caer, va a caer…) cantaron generaciones de niños sin saber muy bien a qué se referían o cual sería el puente amenazado de derrumbe.

Días atrás, la tonada podría haber sonado en las cercanías de Tacuatí, si no fuera porque de entre los escombros del puente que cayó allí, los bomberos debieron rescatar los cuerpos sin vida de tres desdichados que intentaron cruzarlo a bordo de un vehículo.

El “puente de Tacuatí”, como sin duda pasará a conocerse el episodio en adelante, es la parábola de un Estado incapaz de cuidar sus propiedades. Es un caso extremo pero que sirve para ilustrar en forma acabada el abandono de que es objeto la propiedad pública. Y los ejemplos abundan.

La bajante extraordinaria del río Paraguay dejó expuestos los cimientos del puente Remanso.

Después de 43 años de inaugurada la obra, era posible ver la paciente y destructiva labor del agua que había disuelto la capa exterior de hormigón mostrando las costillas de hierro de uno de los pilares de la margen izquierda, normalmente bajo agua. Claro, ante la evidencia del deterioro, el MOPC se puso manos a la obra para tapar la profunda herida que había quedado a la vista. ¿Qué hubiera pasado si el río hubiera seguido en su nivel normal? Y las otras secciones que no están a la vista, ¿van a ser inspeccionadas y sometidas a arreglos? ¿Cuántos edificios, viaductos, puentes y demás estructuras de dominio público son inspeccionados regularmente e intervenidos por autoridad competente?

La palabra mantenimiento no existe, en términos prácticos, en la administración del patrimonio físico del Estado paraguayo. El puente de Tacuatí es un caso extremo, el de Remanso una advertencia, al igual que miles de edificios escolares a los que se les caen los techos, exhibiendo paredes agrietadas con peligro derrumbe. Este último es un capítulo negro, porque ni siquiera el año de inactividad escolar ha sido aprovechado para la puesta a punto de las más de 7.000 escuelas estatales. Cuando al fin la actividad se normalice, volveremos ver las mismas escenas de abandono de las aulas a las que acudirán un millón y medio de niños.

Patético, criminal, inaceptable.

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