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108: el número que marcó una época

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CHRISTIAN NIELSEN

Imaginemos la sociedad paraguaya hacia el final de los ’50. Stroessner llevaba gobernando cinco años y el Paraguay estaba poblado por 1.854.966 habitantes hacia finales de 1959, 65% de los cuales vivían en el campo y el 35% restante en ciudades.

El Chaco tenía cinco departamentos en lugar de los tres de hoy (Fuerte Olimpo, Mayor Pablo Lagerenza, Gral. Eugenio A. Garay, Pedro P. Peña y Pozo Colorado), la economía era diminuta, no mas de US$ 300 millones en su mayor parte procedentes de la carne, el algodón y la madera.

 Éramos, casi, una economía pastoril. Asunción era la única ciudad del país con más de 100.000 habitantes y por lógica, en ella se producían los principales fenómenos políticos, económicos, culturales y sociales, todo bajo un manto conservador y tradicionalista.

La gente leía diarios como La Tribuna, La Tarde, El País y el oficialista Patria. Televisión no había así que la gente se informaba principalmente a través de los boletines radiofónicos. La radio ofrecía mucha música, principalmente folklórica, programas humorísticos y espacios deportivos. Allí se movía lo que hoy llamamos farándula, es decir, artistas, locutores, actores, cantantes y toda la comunidad artística mayor y menor.

La única sala teatral que levantaba telón regularmente era el Teatro Municipal cuyas obras, registradas en grabadoras de reel, se difundían por Radio Cáritas en un espacio llamado “Una noche en el teatro”. Elenco dominante era el rubro Báez-Reisófer-Gómez, pero también desfilaban puestas de Roque Sánchez-Graciela Pastor, las zarzuelas de Juan Carlos Moreno González y Manuel Frutos Pane, el elenco de Alberto Lares, etc.

 Esta era la Asunción de 1959.

Entonces estalló el escándalo de los 108.

 LA CIFRA QUE NUNCA FUE – El detonante fue un asesinato de horrendas características, ocurrido el 1° de setiembre de 1959. Se trataba de un locutor radial y bailarín que había ganado notoriedad pública en sus programas de la hoy inexistente Radio Comuneros. Su cuerpo, o lo que quedaba de él, fue hallado casi totalmente incinerado en su cama de la casa que habitaba en Barrio Obrero. 

En aquellos días, la homosexualidad era catalogada como un estigma grave que debía ser mantenido en secreto. Por eso, cuando el crimen cobró estado público, el Departamento de Investigaciones concentró su labor en las “visitas habituales” que recibía el locutor y que, por simple deducción, deberían compartir sus inclinaciones sexuales. Así se fue deteniendo uno tras otro a amigos y frecuentadores cercanos de la víctima.

Aunque los archivos de aquel proceso son confusos e incompletos, parece ser que el total de sospechosos “oficiales” llegó a 43, todos detenidos sin miramientos y con nula observación de los derechos constitucionales.

Pero dada la lentitud y opacidad del proceso, apareció en escena una especie de “comando familiar por el saneamiento moral de la sociedad” que hizo circular volantes con más nombres, deslizando la idea de que a la policía se les estaban escapando muchos “desviados”, “marcha atrás” y denominaciones por el estilo.

Naturalmente, en la rodada cayeron tirios y troyanos, muchos de ellos simples ciudadanos que no sólo no tenían nada que ver con el crimen, sino que pertenecían a lo que la sociedad ultra pacata de entonces ubicaba bajo el lema “dios, patria y familia”. Los de conducta normal, para no ir mas lejos.

Así se llegó, por quien sabe qué cumulo de casualidades, a la cifra 108 que terminó siendo el marbete bajo el cual se estigmatizó a la homosexualidad, condición que al salir del anonimato garantizaba la pérdida casi inmediata del trabajo, la casi segura expulsión del núcleo familiar para caer bajo el radar de la policía siempre lista para reprimir “conductas inmorales”.

Quedó la cifra por mucho tiempo, sobrevivió el estigma y aún hoy el numero 108 despierta reacciones en una sociedad que conserva antiguas maneras de motejar los fenómenos sociales que la cruzan permanentemente.