América cuenta con más de 2.500 soluciones tecnológicas vinculadas al agro, pero los agricultores utilizan menos del 5%, según datos difundidos en la Semana de la Agricultura Digital del IICA. La brecha entre innovación y adopción coloca el foco sobre capacitación, financiamiento y políticas públicas necesarias para convertir la digitalización en mejoras efectivas de productividad y competitividad rural.
¿Por qué existe una brecha entre la tecnología disponible y su uso en el campo?
La transformación digital del agro latinoamericano enfrenta una paradoja: las soluciones existen y continúan multiplicándose, pero una parte sustancial todavía no llega de manera efectiva al productor. El Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) señala que en la región fueron identificadas más de 2.500 soluciones tecnológicas relacionadas con el agro, mientras que su utilización por agricultores se estima en menos del 5%.
El dato fue uno de los puntos centrales de la quinta Semana de la Agricultura Digital (SAD), realizada entre el 7 y el 10 de septiembre de 2026 en San José, Costa Rica. El encuentro congregó a cerca de 200 participantes de más de 25 países y reunió a empresas tecnológicas, organismos multilaterales, entidades financieras, institutos de investigación, organizaciones de productores y autoridades públicas.
La cuestión, por tanto, ya no pasa únicamente por desarrollar nuevas herramientas. El desafío institucional consiste en conseguir que esas tecnologías puedan incorporarse a explotaciones con tamaños, capacidades financieras, conectividad y niveles de formación diferentes. El propio IICA plantea que las herramientas deben adaptarse a las condiciones de cada territorio y acompañarse de capacitación.
¿Qué puede aportar la digitalización a la productividad agrícola?
Las aplicaciones disponibles abarcan distintas etapas de la cadena agroalimentaria. De acuerdo con el IICA, las herramientas digitales pueden contribuir a incrementar la productividad, monitorear plagas y enfermedades, utilizar eficientemente los recursos naturales, reducir emisiones, proteger la biodiversidad y conectar a los productores con los mercados.
La agenda de la SAD 2026 puso además el foco en soluciones destinadas a mejorar la competitividad, gestionar riesgos, fortalecer la resiliencia de los productores, transparentar circuitos comerciales y facilitar la asistencia técnica y la extensión rural. La digitalización comienza así a abarcar desde las decisiones dentro de una finca hasta el acceso a mercados y financiamiento.
En la edición de este año participaron 14 startups agtech de 13 países, seleccionadas entre casi 300 postulantes procedentes de 23 naciones. El volumen de postulaciones duplicó el registrado en 2025, de acuerdo con el IICA, mostrando que la oferta de innovación continúa expandiéndose aunque la adopción avance a otro ritmo.
Entre las seleccionadas estuvo Froniva, una startup paraguaya que utiliza inteligencia artificial para analizar precios mayoristas y minoristas, recomendar valores de comercialización y automatizar pedidos. Su participación introduce a Paraguay dentro del ecosistema regional de soluciones orientadas a reducir asimetrías de información entre productores y compradores.
¿Qué papel tienen los gobiernos en la digitalización del agro?
La baja adopción convierte el fenómeno tecnológico en un problema también de política pública. Durante el encuentro, representantes de organismos internacionales coincidieron en que disponer de una herramienta no garantiza que esta sea incorporada por agricultores ni que produzca mejoras económicas.
Mónica Rodrigues, representante de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), sostuvo que el desafío no consiste solamente en llevar herramientas digitales al campo, sino en conseguir que tengan un uso productivo. Para ello señaló la necesidad de complementar el trabajo de las startups con políticas públicas, ya que la adopción no ocurrirá automáticamente.
La intervención estatal puede abarcar infraestructura digital, formación, extensión rural, investigación y mecanismos que faciliten el financiamiento de nuevas tecnologías. Esto adquiere especial relevancia para pequeños y medianos productores, que pueden enfrentar mayores barreras económicas y técnicas para incorporar soluciones desarrolladas inicialmente para explotaciones de mayor escala.
El debate también alcanza a los organismos multilaterales. La SAD fue organizada con participación de instituciones como la CEPAL, el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), además de empresas, universidades y entidades especializadas. Esa composición muestra que la digitalización agrícola ya se aborda simultáneamente como una agenda productiva, tecnológica, financiera y de desarrollo rural.
¿Dónde están las principales barreras para los productores?
La disponibilidad tecnológica no elimina las desigualdades de acceso. Conectividad, financiamiento, capacitación y capacidad para incorporar datos a las decisiones productivas condicionan el impacto que una herramienta digital puede tener dentro de una finca.
El director general del IICA, Muhammad Ibrahim, sostuvo durante la apertura que las tecnologías solo generan valor cuando las personas están preparadas para utilizarlas. La transformación digital forma parte además del Plan de Mediano Plazo 2026-2030 del IICA, aprobado por los ministros de Agricultura de las Américas.
Desde el sector financiero multilateral, Anup Jagwani, director de Agricultura y Agronegocios del Banco Mundial, planteó la necesidad de generar empleo y oportunidades, particularmente para los jóvenes, y señaló la importancia de invertir en soluciones digitales escalables.
El punto adquiere una dimensión económica: una tecnología puede incrementar productividad o reducir costos, pero su impacto depende de que exista capacidad para financiarla, implementarla y mantenerla. Sin esas condiciones, el crecimiento de la oferta tecnológica puede convivir con una incorporación limitada en las explotaciones rurales.
¿Cómo se conecta esta brecha con inversión y desarrollo rural?
La digitalización también modifica el mapa de inversiones del sector agroalimentario. Startups, fondos de inversión, bancos multilaterales, institutos de investigación y grandes compañías están participando de un ecosistema que busca trasladar tecnologías desarrolladas a soluciones comercialmente viables.
La SAD intenta precisamente articular esos actores. Su edición de 2026 reunió incubadoras, aceleradoras, fondos de inversión, instituciones de investigación, organismos multilaterales, academia y decisores políticos. Para el IICA, la siguiente fase consiste en acelerar la incorporación de las herramientas y acercarlas a las necesidades concretas de cada territorio.
Esto introduce una cuestión de gobernanza y transparencia. A medida que los Estados incorporen inteligencia artificial, plataformas digitales y sistemas basados en datos dentro de programas agrícolas, serán relevantes los criterios utilizados para contratar soluciones, seleccionar beneficiarios, gestionar información productiva y medir resultados.
La cooperación internacional también tendrá incidencia. La presencia del Banco Mundial, BID y CEPAL sitúa la digitalización agrícola dentro de una agenda más amplia de productividad, inclusión y modernización institucional. La discusión deja entonces de limitarse a qué tecnología existe y pasa a considerar quién puede acceder a ella, bajo qué condiciones y con qué resultados verificables.
¿Puede el IICA cerrar la distancia entre innovación y adopción?
La quinta edición de la Semana de la Agricultura Digital dejó una señal cuantificable: mientras la región dispone de más de 2.500 soluciones tecnológicas agrícolas, el nivel estimado de utilización permanece por debajo del 5%. El problema central ya no es solamente generar innovación, sino trasladarla al terreno.
Para Paraguay y los demás países de la región, esa brecha plantea decisiones sobre capacitación, conectividad, financiamiento, extensión rural e inversión pública. La participación de una startup paraguaya entre las seleccionadas demuestra que existe capacidad local para producir soluciones; la otra parte del desafío consiste en construir las condiciones para que estas herramientas lleguen efectivamente a los productores.