EL CANDIDATO
domingo, abril 11, 2021
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Asunción

Ojo con el desencanto
O

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Las redes sociales son terreno dinamitado. Quien se arriesga a transitarlas sin un mapa de encrucijadas, laberintos y marismas puede quedar atrapado sin remedio.

Un blogger chileno tuvo la idea de contestar la imagen de gestión del Gobierno de Piñera -que se presenta como una de las más exitosas frente al coronavirus a escala mundial- con un videíto lleno de preguntas. ¿Es 100% segura la vacuna? No, responde el oráculo. ¿Es posible evitar la muerte con ella? No, repite. ¿Impide la vacuna que contagies a otros? No, sigue el sonsonete. ¿Hace innecesario el uso de mascarilla? ¿Podemos juntarnos en la cancha para hinchar por nuestro equipo favorito? ¿Dejamos el alcohol en gel? No… no… no. El mensaje termina con una expresión de perplejidad del bloggero que se pregunta: Y entonces, ¿para qué nos vacunamos?

El videíto tiene centenares de miles de reproducciones. ¿Cuánto daño hacen estas “reflexiones” de un grado de irresponsabilidad criminal inmensurable? Quién sabe. Son preguntas y respuestas sacadas de contexto, alineadas para producir efecto expansivo y otorgarle al bloggero un aura de sabiduría y razonabilidad. Dibuja, además, otra subespecie generada por las redes sociales, los “influencers”. Cualquier sujeto puede alcanzar esta categoría si por puro instinto animal sabe qué decir, en el momento y lugar precisos, independientemente de la densidad y grado de vitalidad que tengan sus colonias de neuronas supérstites. De esta manera, siglos de conocimiento convertido en ciencia certificada son sacrificados ante el altar de las diosas Like y Play.

Parece estúpido tener que repetir que las vacunas son útiles, imprescindibles, efectivas y una barrera inmunológica absolutamente segura. El último caso fatal de viruela, tras la generalización de la vacuna, se dio en 1977 en Somalía. Para entonces, sólo en el siglo XX, la enfermedad había matado 298 millones de personas en todo el mundo antes de ser declarada erradicada. El sarampión se llevó, en el mismo periodo, casi 200 millones de vidas, la mayor parte menores de 5 años. La vacuna Sabin acabó con la pesadilla.

La humanidad ha aprendido a luchar, en su terreno, contra virus y bacterias mortales. Es una de las demostraciones más rotundas del compromiso del hombre con la vida.

Aún a costa de los asnos que hacen lo imposible por trabajar a favor de la muerte.

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