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jueves, enero 20, 2022
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La sociedad de la autodestrucción

Múltiples críticas al Gobierno, a los municipios y a los organismos reguladores corren día a día en las diferentes redes y conversaciones con respecto a lo cuesta arriba que resulta desarrollar un emprendimiento formal en este país, o lo difícil que es producir arte teatral, musical y literario en una sociedad de consumo que no considera dentro de sus valoraciones culturales este tipo de expresiones artísticas, además de una muy falaz valoración de lo propio.

En una connotada red social surgió un debate con respecto a un concurso de diseños para una marca de ropa de industria nacional. Marca que hace años desarrolla modelos innovadores a través de motivos paraguayos, que genera fuentes de empleo, que paga impuestos y que realmente se ha instalado como un producto innovador y de calidad. En este concurso de diseños, una de las propuestas finalistas tenía como motivo un rostro inspirado en un niño de una comunidad indígena. La crítica no tardó en estallar en las redes, hablando desde explotación inadecuada de la imagen de un niño sin autorización (información que no estaba explícita o implícitamente expuesta), apropiación cultural y otras cosas que se repetían sin fundamentos sólidos por parte de los supuestos indignados, hasta que derivó simplemente en unos masivos “a mí no me gustan luego sus productos” como argumento final.

En qué concluyó: la marca optó por retirar del concurso el “polémico” diseño. Volviendo a las primeras líneas, es cierto que un gran obstáculo para emprender es el sinuoso camino de la formalización y de la burocracia, pero luego de que los emprendedores sortean ese camino épico, se encuentran con algo más complejo aún: la crítica irresponsable e irrelevante.

Existen varias marcas nacionales, o propuestas culturales que no se encuentran en mi preferencia de consumo, pero eso no es motivo para despertar un descrédito de algo que “no me gusta”, porque finalmente los gustos son subjetivos y personales, manejar con malicia esos términos hacia la gente que emprende, que aporta valor, sin ninguna corresponsabilidad es vil y una demostración de bajeza.

Debemos criticar al que roba, al que evade, al que no cumple con la ley, recurrir a la falacia de “a mí no me gusta” cuando estamos hablando de fuentes de trabajo y de marcas que son embajadoras del país, son un comentario que realmente no aporta nada, es casi una invitación a que los emprendedores simplemente se dediquen a replicar lo que ven en marcas con influencia extranjera.

La actitud autodestructiva de querer ver hecho cenizas lo que se ha construido al lado nuestro es un acto egoísta y antipatriota, pero es una discusión muy difícil de realizar cuando los niveles de reflexión no están nivelados.

Felicito y aplaudo a todas las personas que, con esfuerzo, creatividad y dedicación, confeccionan productos que buscan transmitir nuestra identidad, originalidad y orgullo.

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