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EL CANDIDATO
jueves, mayo 6, 2021
15 C
Asunción

La incógnita 8D
L

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Una palabra fuertemente asociada al 8 de diciembre es “peregrino”. Quienes van a la festividad de la Virgen de Caacupé son peregrinantes. La propia Virgen es peregrina. “Ya que sus fieles no pueden ir a la Virgen, la Virgen peregrina irá a sus fieles” se decía a comienzos de noviembre, con una imagen de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé llegando a los barrios más populosos y devotos de Asunción.

La palabra peregrino tiene una profunda significación más allá de lo lingüístico. “Persona que por devoción o por voto va a visitar un santuario…” define la Academia. En el Paraguay, los devotos que acuden al santuario de Caacupé no llevan el bordón (bastón o palo más alto que la estatura de una persona adulta) como los del Camino de Santiago o la esclavina (vestidura de cuero o tela, que se ponen al cuello y sobre los hombros quienes peregrinan).

Los devotos de la Virgen Azul llevan otras cosas, desde el sempiterno tereré para mitigar los calores decembrinos hasta objetos personales que quieren hacer bendecir por la divinidad, o bien vistiendo ropas típicas o divisas
deportivas en pago de alguna promesa.

El concepto mismo de peregrinaje tiene un valor muy profundo en la liturgia católica. Los oficiantes hablan de una lucha constante que los cristianos deben librar en un mundo lleno de tentaciones. También es el camino ineludible que el feligrés tiene que andar para alcanzar la vida eterna. La peregrinación no es sólo una caminata más o menos penosa o gozosa hacia un momento de epifanía.

El peregrinante auténtico aguarda con paciencia la confesión, la penitencia y la comunión en el día en que la figura de la Virgen alcanza su máximo poder de irradiación en su casa, en su santuario, no en otra parte sino en el lugar que ella eligió en el mundo.

¿A cuántos peregrinantes asusta la pandemia? Seguramente a muchos que estarán pensándolo bien antes de emprender viaje. Pero no olvidemos a los otros miles que arrastran sus luchas personales contra alguna enfermedad, a veces terminal, y que van en busca de ese instante único, en ese lugar de poder, esperando el milagro para él o para alguien muy cercano. ¿Qué tanto más puede asustarse alguien que enfrenta la muerte día a día?.

¿Cómo se detiene todo eso? ¿Alguien tiene la fórmula? Porque un decreto no alcanza.

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