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Del domingo 7 al martes 13

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Por Cristian Nielsen

El 7 de julio Pamplona, la señorial capital de Navarra en el País Vasco, recita este versito antes de que el “chupinazo” -cohete pirotécnico- se eleve al cielo desde el balcón del Ayuntamiento:

“Uno de enero/dos de febrero/tres de marzo/cuatro de abril/cinco de mayo/seis de junio/ siete de julio San Fermín”.

Y de allí parte una fiestaza que dura nueve días y que arranca con el famoso “encierro”, contradicción que en realidad significa una suelta de toros que van a ser “corridos” durante la fiesta y delante de los cuales se pavonean “mozalbetes y mocetones” vestidos de blanco y con una faja roja en la cintura, tenida que hiciera conocer urbi et orbi el escritor Ernest Hemingway en su libro “Fiesta”. Es un trayecto de 849 metros entre la sede municipal y la plaza de toros que los corredores deben zanjar evitando las cornadas de los furiosos toros de lidia, aunque a lo largo de la historia se produjeran más de una “cogida”, o puntazo, con resultados fatales.

DOMINGO 7

Aquello de “ya salió con su domingo 7” o bien “resultó todo un domingo 7”, es una frase que según algunos estudiosos proviene de una leyenda o tradición norte europea. Es bastante tonta pero hay que considerar que es un típico cuento infantil que, sin embargo, desliza alguna malicia al final.

En la historia están involucrados los duendes, seres imaginarios que pueden hallarse en todas las culturas. Así, la palabra deriva del genérico gnomo, el tomte sueco, el leprechaun irlandés o el poltergeist alemán. Se dice que cierto día, al interior del bosque, un grupo de duendes se dedicaba a bailar y cantar armoniosamente: lunes uno/martes dos/miércoles tres/jueves cuatro/viernes cinco/sábado seis… cuando en ese punto, una jovencita que los espiaba desde la espesura gritó “Y domingo siete”. Dicen que lo peor que se puede hacer es interrumpir a un duende mientras se divierte. Así que la pandilla rodeó a la chica y le dio su merecido, que en la versión infantil del cuento significó un hechizo que la volvió loca aunque en clave adulta terminó en embarazo.

Desde entonces, domingo 7 es sinónimo de desenlace inesperado de un hecho cualquiera.

MARTES 13

El emperador de todas las fechas con significado por extensión es el martes 13. Es una conjunción poco recomendable porque tanto el día como la fecha conllevan individualmente una fuerte carga de mal augurio.

Comenzando por el martes, en prácticamente todas las culturas antiguas se lo considera un día poco propicio para iniciar la jornada. Algunos fabulistas afirman que la bíblica maldición de la confusión de lenguas, enviada por Dios a los que construían la torre de Babel, cayó un día martes. Pero vaya uno a saber si es cierto.

Un antiguo refrán español consagra número y día como especialmente funestos. Tan es así que aconseja “no casarse, no embarcarse ni de su casa apartarse”. Múltiples desgracias son auguradas si el imprudente hace caso omiso de la advertencia.

Para los antiguos griegos, el martes estaba asociado a Tifón, divinidad primitiva relacionada con los huracanes. Así que por ahí debe venir la prevención de no embarcarse bajo el signo de Tifón ya que podría tropezarse con mal tiempo en el camino. Es imaginable lo que una navegación “de bolina” (contra el viento) podría hacerle a un trirreme griego del siglo VII antes de Cristo.

La historia de la batalla de Luxen (la actual Luxemburgo), librada en el siglo XIII, ubica a Jaime I de Aragón peleando contra los moros y sufriendo una aplastante derrota. «El estrago fue tal, y la matanza, que desde entonces comenzó el vulgo a llamar aquel día, que era martes, de mal agüero y aciago”.

En la cultura otomana o turca, el martes también era considerado “yeta” (del napolitano jettatura, mal de ojos o atractivo maléfico), hasta el martes 29 de mayo de 1453, cuando las huestes del sultán Mehmed II Fatih traspusieron los muros de Constantinopla provocando la caída del Imperio Romano de Oriente. Día más fasto, para los otomanos, sería imposible imaginar.

Lo cual demuestra que lo que es aciago para unos, es buena suerte para otros.

¿Y AHORA?

Cada vez que voy a la redacción de 5Días -y disculpen la autorreferencia pero viene al caso- abordo uno de los seis ascensores de la Torre 1. No tiene botonera porque el viaje se programa en un panel externo en el pasillo. “Piso 15, confirmar”. Y ahí voy. Ya en marcha, la pantallita muestra la sucesión de pisos. Me costó advertir que del piso 12 se pasa directamente al 14. ¿Eso significa que el 13 no existe? Si físicamente fuera así, la parte superior de la torre caería irremediablemente por eso del “horror al vacío”. Claro que existe, pero en la contabilidad está ausente, lo cual demuestra que el dueño del complejo prefirió no jugar con probabilidades inmanejables. Las eliminó.

Esta es una práctica universal. La próxima vez que suba a un avión verifique si existe el asiento N° 13. Si no lo hay, queda claro que el operador de la aerolínea, o bien quedó muy impresionado con la película “Final Destination” o que, al igual que el constructor de las oficinas del diario, creyó prudente despejar incertezas.

Yo, por las dudas, ¡Cruz Diablo!