Por: Lic. Irma Rojas, Consultora en Comunicación Política & Periodista
Hay un cuentito que nos quieren vender cada vez que se acercan las municipales en Asunción: que los candidatos están «atrapados». Nos dicen que, para ganar, sí o sí tienen que abrazarse a los mismos de siempre, aunque esos mismos sean los que dejaron a la ciudad hecha un colador. Pero, ¿saben qué? Esa idea de que Asunción es un feudo de votos cautivos ya no cierra por ningún lado.
Esta estrategia de usar una «cara limpia» para salvar a los impresentables no es nueva. ¿Se acuerdan de Evanhy de Gallegos cuando se candidató al Senado? En ese entonces, la estructura colorada la usó descaradamente como una «locomotora electoral». Sabían que la gente la quería a ella, pero al votarla, el sistema de lista sábana te obligaba a meter de contrabando a una fila de cuestionados que, sin su cara en el afiche, no ganaban ni una elección de comisión vecinal. La usaron de anzuelo para que el ciudadano se tragara el engaño completo.
Pero ojo, que hoy el escenario es distinto. Querer equiparar las crisis de Camilo Pérez y Soledad Núñez es un ejercicio de equilibrismo forzado.
A Nenecho Rodríguez no lo persigue la «mala fama», lo persigue la justicia. Estamos hablando de imputaciones por asociación criminal y un desfalco que se siente en cada barrio abandonado de la capital. Camilo Pérez tiene un problemón: si quiere los votos de las seccionales, tiene que hacerse el ciego ante un saqueo documentado. Eso no es «malabarismo», es complicidad pura y dura.
Del otro lado, sí, Augusto Wagner es el «eterno», el ancla, la vieja política que no se quiere jubilar. Pero seamos realistas: Wagner no tiene procesos judiciales encima ni manejó la caja que hoy tiene a la municipalidad en quiebra técnica. Soledad Núñez tendrá que lidiar con esa sombra, pero es una sombra estética; lo de Camilo es una sombra penal.
La gran diferencia con los tiempos de Evanhy es que ahora el ciudadano tiene el bisturí en la mano. El que cree que Wagner es un peaje obligatorio para la oposición ignora la historia de nuestra ciudad. Asunción siempre fue la cuna de la resistencia a los aparatos.
Ya lo vimos en la «época de oro» de Patria Querida, cuando figuras técnicas elevaron el debate en la Junta y demostraron que se podía legislar con datos y no solo con favores. O cuando el PDP, con representantes como Elvio Segovia o el ex fiscal Carlos Arregui, actuaron como fiscales de la gestión municipal, denunciando cada negociado.
Incluso desde la izquierda urbana, figuras como Rocío Casco marcaron una época de fuerte control municipal, demostrando que se podía confrontar a las mayorías coloradas con una voz propia y sin deberle favores a las estructuras tradicionales. Esa visión técnica-progresista, compartida por urbanistas como Federico Franco Troche, elevó el nivel del debate sobre qué tipo de ciudad queremos. Hoy, voces nuevas del Encuentro Nacional o de plataformas independientes como Jazmín Galeano, demuestran que el voto directo puede más que cualquier estructura oxidada.
Con el voto preferencial, ya no hay locomotoras que arrastren vagones cargados de escombros. El votante puede elegir a su candidata a intendenta y, al mismo tiempo, usar su voto preferencial para premiar a perfiles jóvenes y honestos en la Junta, mandando a los viejos caudillos —sean de la ANR o del PLRA— al fondo de la fila.
Asunción no es una seccional ni un comité; es una ciudad de ciudadanos hartos de pagar impuestos de primer mundo para vivir en el abandono. La viabilidad de una propuesta nueva no depende de un caudillo, depende de que sepamos usar la herramienta que el sistema nos dio. Ya no estamos en la época donde nos encajaban a cualquiera detrás de una figura mediática. Hoy, con disciplina y memoria, los asuncenos tenemos la oportunidad de demostrar que los votos no tienen dueño. La pelota está en nuestra cancha.
Periodista Senior