El Paraguay goza de un bien ganado prestigio de buen pagador de obligaciones. Nunca hemos caído en default, anglicismo que define el impago indefinido de una obligación contraída con bancos o fondos financieros. Al contrario, cada puesta de bonos soberanos en los mercados internacionales genera un interés inmediato por papeles que al llevar el sello del BCP son comprados generando una demanda que casi siempre supera el monto subastado.
Por eso, el mamarrachesco manejo de la deuda internacional de Petropar salpica ese prestigio cuando el nombre del Paraguay es revolcado por el fango por sujetos de la calaña de Jorge Rodríguez, presidente de una Asamblea Nacional venezolana fabricada por Maduro a la ligera en una elección amañada, sin oposición y con curules rellenados con dóciles falderillos del régimen.
La deuda reclamada por PDVESA es reconocida por Petropar pero no en los términos cancelatorios que exige su contraparte caribeña. Eso ha llevado el litigio al tribunal arbitral de París en donde el caso espera el laudo correspondiente.
En este punto es interesante señalar un detalle que lo explica todo. Uruguay le debía a Venezuela, hacia 2015, alrededor de US$ 400 millones por compras hechas por ANCAP, la empresa publica uruguaya que administra el petróleo y el cemento.
Por entonces gobernaba el Frente Amplio, que logró bajar la deuda a US$ 262 millones. Cuando la administración de Horacio Cartes intentó una quita similar, el fantasmón de Caracas no sólo le dio un portazo sino que le aplicó a la deuda intereses que la llevaron a casi US$ 400 millones. En la épica revolucionaria bolivariana, una cosa es negociar con los cuates de la izquierda (Vazquez y Mujica) y otra muy diferente con un burgués neoliberal. En medio de todo esto tenía que llegar la frutilla de la torta, una auténtica telenovela que liga a un montón de impresentables y que solo sirvió para dar desvencijados argumentos al grotesco parlanchín caraqueño.
A esto hemos llegado, todo a partir del escamoteo de casi US$ 300 millones en un ente público sin que nadie, hasta hoy, haya aclarado que pasó con todo ese dinero. Este fenomenal “mono” se fraguó con Lugo, siguió con Cartes y lo hereda ahora Abdo Benítez. Todos ponen cara de “yo no fui”, pero la plata no aparece por ningún lado.