Un enfrentamiento brutal con nuestra propia mortalidad es la separación final, esa
ruptura entre el cuerpo físico y lo que fuimos. Sabemos bien que el adiós es inevitable,
este dolor nos atraviesa, ya que nos recuerda que no somos eternos. Es un crudo
recordatorio de que la vida es solo un préstamo con una fecha de vencimiento que
desconocemos.
Reflexionar sobre la mortalidad despierta una mezcla de temor y claridad en cada
individuo. Saber que el cuerpo se desvanecerá nos lleva a cuestionar que significado
tiene nuestra existencia. La angustia no es solo por quien se fue, sino por la seguridad
de que todos compartimos el mismo destino. ¿Será entonces el amor lo único que
trascienda?
Quizás el consuelo esté en entender que la separación física no es el fin del vínculo.
La esencia de todo lo que compartimos y vivimos no cabe dentro de un ataúd.
Mientras existan personas que recuerden nuestros nombres, nuestros tesoros e
historias, de alguna manera seguiremos estando presentes en esta tierra. La
mortalidad duele porque amamos, porque nos aferramos a la carne que un día nos
fallará.
Al final, la muerte nos iguala a todos, pero quizá el dolor pueda humanizarnos. Nos
enseña que la vida no se mide en tiempo, sino en la intensidad con la que vivimos y
amamos. El cuerpo se irá, sí, pero no del todo: solo quedaremos presentes en las
huellas que dejamos. Tal vez, eso sea suficiente para comprender mejor la relación
entre la vida y la muerte, sanar las heridas y encontrar un propósito.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
