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Historias

La odisea del yate Ulf

De San Bernardino al Caribe, desafiando mares y tormentas. (Condensado de Amanecer Agropecuario – César Cabrera)

Por Cristian Nielsen

Fue un 23 de junio, hace 96 años, cuando un par de ciudadanos finlandeses le ponían la quilla al que quince meses más tarde se convertiría en un yate perfectamente marinero construido en duras y fragantes maderas de los bosques paraguayos, como poéticamente describiría Manuel Ortiz Guerrero:

“De tayí es la quilla – de urundey negro la férrea costilla – de laurel su casco – la banda de cedro y el mástil de fe…”

La historia nació en San Bernardino, a orillas del lago Ypacaraí y tendría su final en una playa de República Dominicana, en donde la embarcación quedaría varada, un final inesperado pero heroico para la nave y sus tripulantes.

Una saga que vale la pena conocer.

PARA EL ASOMBRO

La aventura del Ulf, aun hoy, mueve asombro. Es una de esas historias que, sin no estuvieran tan documentadas a través de fotografías, planos, y crónicas de la época, podría pasar por una mezcla de ficción y realidad. Pero la rigurosa documentación que maneja el ingeniero William Stanley, no deja lugar a dudas: este es uno de esos casos en que la ficción, como se suele expresar, supera a la realidad.

Comenzó con la idea de construir un yate que pudiera llegar a mar abierto, lo más lejos que se pudiera. Los protagonistas, dos ciudadanos finlandeses, viejos lobos de mar, descendientes de la aguerrida raza vikinga, y una paraguaya hija de ingleses.

Así, la tripulación estaría constituida por Ruben Souminen, Thuire Erickson y Yoyce Stanley de Erickson, quien realizó el viaje estando embarazada.

LA CONSTRUCCIÓN

Construir el Ulf llevó exactamente 14 meses, arrancando el 23 de junio de 1924, fecha en que se colocó la quilla, y concluyendo en septiembre de 1925.

De la empresa participaron carreros del interior que en legendarias alzaprimas transportaron maderas desde los lejanos bosques de Caaguazú llevándolas hasta las orillas del lago Ypacaraí, es San Bernardino. Cada pieza fue elegida personalmente por Erikson. Lo increíble: la madera fue entregada sin que sus transportadores cobraran un solo centavo. Se daban por bien pagados solo con la satisfacción de que sus maderas surcaran en forma de barco los procelosos mares del mundo. Una demostración más de la nobleza y del espíritu solidario de los paraguayos.

Se asoció a la construcción la familia de Stanley que apoyó, aconsejó y trabajó duro en los componentes de hierro.

De esta combinación de metal con lapacho, urundey negro, laurel, cedro y otra maderas nobles emergió una nave de 20 toneladas, 41 pies (12,5 metros) de longitud, 12 (3,6 metros) de ancho y 7,5 (2,5 metros) de calado, que desafiaba las proporciones que dictaba para aquel entonces la ingeniería naval. De palos cortos y velas laterales, el Ulf poseía increíbles comodidades para sus dimensiones y para la época, así como un motor de 12 HP y depósitos para kerosene y 1.100 litros de agua potable.

La primera prueba de fuego fue el viaje hasta Asunción que se hizo a través del Salado, el riacho que conecta el lago Ypacaraí con el río Paraguay. Fueron 21 jornadas de 18 horas, bajo un sol de fuego, cortando y enganchando camalotes, para alcanzar finalmente el río abierto, navegando escorado (inclinado) por el poco calado de un canal por el que ni siquiera transitaban canoas.

HACIA MAR ABIERTO

El 25 de noviembre – entonces fecha patria, dado que se celebraba el aniversario de la Constitución de 1870 – el Ulf entró a la bahía de Asunción, escoltado por la nave de guerra Ygurey.

Durante tres meses, el Ulf concitó la atención del público, con visitas y agasajos diversos. En febrero de 1926 comenzó el viaje de 2.700 kilómetros hasta Buenos Aires donde se le hicieron algunas modificaciones, como la inclusión de una quilla de hierro de 2,5 toneladas, instalación de instrumentos de navegación y otros equipos. El yate paraguayo fue, durante tres meses, huésped de honor del Club Naval Argentino y protagonista favorito de la prensa porteña.

HACIA LAS ANTILLAS

Finalmente, el 7 de junio de 1926 el Ulf, enarbolando pabellón tricolor, abandonó la protección del puerto de Buenos Aires y se lanzó con rumbo a mar abierto. La travesía puede catalogarse, simplemente, de memorable.

Aún en aguas del Río de la Plata afrontó una tormenta que duró tres días y tres noches. Luego, por 30 días, el Ulf desapareció de las noticias hasta que se supo que había echado el ancla en la bahía de Río de Janeiro. De nuevo las fiestas y agasajos. Esta vez, el yate y su tripulación eran las estrellas de la prensa carioca.

En agosto, tras reponer provisiones, el Ulf partió hacia Pernambuco, en el extremo norte del litoral brasileño. En ese punto arrancó la travesía más larga sin tierra a la vista, 2.500 millas náuticas (más de 4.600 kilómetros) hasta la isla de Trinidad, en un tiempo récord de 20 días, un promedio de 125 millas por jornada. Aquel casco de madera, magistralmente descripto por Ortiz Guerrero, había soportado las más duras condiciones del océano abierto para arribar más tarde a San Juan de Puerto Rico, cuya pétrea Fortaleza los recibió apenas seis días después de partir de Trinidad.

FINAL INESPERADO

La aventura, que más parece extraída de una novela de aventuras que de los hechos reales, finalizó el 30 de noviembre de 1926, cuando el Ulf fue arrojado por una fuerte tormenta hacia Playa Mosquea, en el extremo sur de República Dominicana, en cuyas arenas quedó varado. Rubén, Thure y Yoice –ésta última, en avanzado estado de gravidez– debieron ganar la playa en medio del fuerte oleaje había empujado al yate hacia la costa. Días después, el Ulf era recuperado intacto. Fue el final inesperado de tres navegantes y un yate, lanzados a la aventura desde la pequeña y lacustre San Bernardino.

El Ulf fue vendido a un armador del Caribe. Yoice Stanley regresó con su pequeña hija al Paraguay. Thure Erickson compró una embarcación y se dedicó a realizar cabotaje de petróleo en la isla del Curazao. La muerte le llegó tres años más tarde, en 1929, cuando se aprestaba a regresar al Paraguay a reunirse con su familia. Rubén Suominen retorno a su natal Finlandia donde falleció.

Finalizaba así una aventura que bordeó el límite de lo increíble y que se iniciara hace casi 100 años.

Equipo Periodistico
Escrito por

Equipo de Periodistas del Diario El Independiente. Expertos en Historias urbanas. Yeruti Salcedo, Lorena Barreto, Luz González, Jacqueline Torres, Patricia Galeano, Magalí Fleitas, Victor Ortiz, David Chamorro, Mary López, Jhojanni Fiorini, Juan Martínez, Felipe Dominguez, Fabrizio Meza.

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