La niñez, adolescencia y juventud de ayer no es la misma que hoy y existen muchas diferencias que se destacan, por ejemplo, cómo lucimos y hemos lucido, cómo nos relacionamos, comunicamos, trabajamos, estudiamos y/o movemos. Una mutación destacable es que hemos perdido una generación de moteros. Los jóvenes ya no sueñan con una moto: el móvil y TikTok les han ganado la carrera
Ahora los jóvenes han sustituido el viejo sueño del ciclomotor por la hiperconectividad del móvil, un competidor al que la moto no logra reemplazar. El origen de la motocicleta se remonta a finales del siglo XIX. El primer intento registrado de una «bicicleta con motor» fue en 1867, cuando el inventor estadounidense Sylvester Roper creó un vehículo a vapor con dos ruedas. Que inspiró un espíritu de fuerza y libertad, cómo el montar un caballo o andar en bicicleta.
Durante décadas, aquel primer ciclomotor o motillo era un rito de paso. En los ’80, en los ’90 e incluso ya entrados los 2000, una moto significaba independencia, madurez, libertad. Puertos a los que busca llegar cualquier joven en el planeta. Uno donde lamentablemente han existido varios accidentes de personas que montaron una moto rumbo a su trabajo, estudio, cita médica o social que deba cumplir.
Cambios en la comunicación
Cambios cómo estos pueden resultar más sanos porque la independencia ya no se mide en kilómetros, sino en conexión. Las relaciones, la identidad y la vida social de la Generación Z y de la Alfa se construyen en TikTok, Instagram, X o YouTube. No necesitan moverse para verse: pueden estar juntos sin estar presentes. Ahí es donde gana el smartphone. Y la moto, simplemente, deja de ser imprescindible.
Antes el joven era o lucía más atractivo o fuerte por el tamaño y apariencia de su moto, ahora se trata de cómo luzca o las funciones que presente su teléfono inteligente. Herramienta que debe ser usada por el dueño y que este no termine siendo utilizado por el dispositivo. Una cosa que no debe robar su atención y/o desenfocarlo de temas serios o importantes para su vida.
La moto compite contra algo que no se puede adelantar en una curva: un ecosistema de hiperconectividad que ofrece ocio, identidad, pertenencia y relaciones sin salir de casa. No es que ya no gusten las motos; es que han perdido su papel simbólico. La libertad de esta generación está en la palma de la mano. En el mejor de los casos, ahora el paso natural ya no es la 49 c.c., es el patinete eléctrico o la pantalla con acceso a la red internacional.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
