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Felipe de Edimburgo y su fugaz visita al Paraguay

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Cristian Nielsen

 El Príncipe Felipe Mountbatten, duque de Edimburgo y Príncipe de Gales, consorte de la Reina Isabel II, no es un personaje desconocido en el Paraguay. Reportábamos no hace mucho que en 1962, en oportunidad de cierta exposición que se había instalado en la intersección de Yegros e Iturbe, su visita constituyó toda una novedad para un país que como el nuestro, era virtualmente desconocido a escala mundial. Lo que ahora se denomina “el secreto mejor guardado”.

Otras historias aseguran que Felipe vino al Paraguay a promocionar productos estrella de la industria británica que se reponía tras el colapso de la II Guerra Mundial.

El protocolo diseñado por el Ceremonial de Estado y la British Embassy incluía una visita al frigorífico Liebig’s, el gigante británico de la industria cárnica instalado en Zeballos Cué. Felipe fue recibido allí por Norman Wood Mc Cluskey, nacido en Cosme, Caazapá, una colonia de inmigrantes australianos y la primera que contaba con una cooperativa socialista en el mundo. Wood era todo un personaje, digno anfitrión de su visitante. En 1919 viajó a Inglaterra para servir como voluntario en el regimiento de tanques recién creado. El país de sus padres, Australia, era por entonces parte de la Corona Británica y pasaría a la historia al haber integrado los legendarios “anzac”, voluntarios australianos y neocelandeses en la WWI.

Cuando volvió al Paraguay trabajó en los obrajes de Pirapó, en las jangadas del Tebicuary hasta Villa Florida, como hachero en Puerto Cooper y fue mayordomo de Maldonado Cué, hoy estancia Trementina en el departamento de Concepción, donde formó familia y residió hasta el fin de sus días.

El apellido Wood debe estar sonándole a más de un paraguayo amante de las historietas. Y es correcto, porque Norman era el tío abuelo de Robin Wood, nacido en la misma colonia caazapeña en donde empezó la historia de la familia a principios del siglo XX. Robin tenía 18 años cuando Felipe fraternizó con su tío abuelo. Pero tal vez ya no estaba en el Paraguay, ya que empezó muy joven su carrera como guionista de historietas en la Argentina, a través de la editorial Columba que imprimió y publicó tiras como Nippur de Lagash, Jackaroe, Mi Novia y yo, Gilgamesh el inmortal, Pepe Sánchez, Savarese, Amanda, Dago, etc.

INCORREGIBLE – Volviendo a Felipe de Edimburgo, el Gobierno de entonces decidió celebrar su visita poniendo en circulación una estampilla con la efigie del marido real. La serie se agotó rápido, probablemente adquirida por la embajada británica y los coleccionistas compulsivos de sellos postales que son una comunidad mundial.

Felipe reunía, por méritos propios de su posición, todos los requisitos para ser lo que se llama un florero, condición que maquillaba diestramente ejerciendo su “so british humor”.  La propensión a las bromas, algunas de ellas sangrientas, son parte de la historia del consorte británico recientemente desaparecido.

Su visita al Paraguay no fue una excepción. Aseguran que ni bien bajó del avión de British Airways, Su Alteza espetó: «Es un placer estar en un país que no es gobernado por su pueblo».

Horror. Los genuflexos de entonces hablaban de una “mala traducción” hecha por “desestabilizadores legionarios, comunistas y subversivos”.

Pero lo cierto es que Felipe era un cultor minucioso de esos exabruptos. Se dice que durante su estadía en Nigeria, le dijo al Presidente señalando su vestimenta: «Parece que se vino en pijama».

Y a una kenyana que se le acercó para entregarle un regalo no tuvo empacho en preguntarle: «Es usted una mujer, ¿verdad?».

MUY CONDECORADO – Felipe de Mountbatten recibió, a lo largo de su dilatada vida, una serie de condecoraciones, entre ellas, las principales a las que puede aspirar un súbdito del Reino Unido.

La de mayor prestigio es la Nobilísima Orden de la Jarretera u Orden de la Liga instaurada, según la tradición, en el siglo XIV a partir de una liga que se le cayera durante un baile a la Princesa de Gales y que, recogida por el rey Eduardo III, fue elevada a la categoría de condecoración con este lema: “Honi soit qui mal y pense” (vergüenza de aquel que de esto piense mal). Así que desde entonces, llevar colgando se la solapa la liga de una mujer es altamente honorable para cualquier británico bien nacido.

La condecoración que le sigue en prestigio es la Antiquísima y Nobilísima Orden del Cardo, de origen escocés, que goza de un lema un tanto más agresivo. Dice su escudo: “Nemo me impune lacessit” (nadie me ofende impunemente). El cardo es una flor de color lila que bajo sus bellos pétalos esconde agudas espinas. La leyenda dice que cuando los daneses invadieron el antiguo reino de los pictos hacia el siglo X, decidieron ir descalzos para sorprender a los naturales. Pero uno de los invasores pisó un cardo y sus espinas le provocaron tal dolor que sus gritos alertaron a los lugareños y evitaron una matanza.

Y por si fuera poco, además de otra docena de distinciones, Felipe fue también Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra, lo más rancio de la masonería mundial.

LA DESPEDIDA — Los funerales de Felipe serán monumentales. Ayer sábado se dispararon 41 salvas de artillería, una cada minuto durante 40 minutos en Edimburgo, Cardiff, Londres, el castillo de Hillsborough en Irlanda del Norte y las bases navales de Devonport y Portsmouth.

Los partidos políticos suspendieron sus campañas proselitistas y mañana lunes 12, rendirán homenaje al Príncipe en sesión de los comunes.

Si hubiera vivido dos meses más, hasta el 10 de junio, Felipe habría cumplido 100 años.

 

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