Oficialismo y oposición se preparan para las elecciones municipales de 2026 y las presidenciales de 2028. Un pasado reciente de la política paraguaya podría aportar elementos para explicar los posibles resultados de estos comicios. Sin embargo, también han aparecido nuevos factores, tanto en el ámbito local como internacional, que podrían influir en las decisiones de los electores, señala el analista José Carlos Rodríguez, del CADEP.
La primavera progresista
Cuando el coloradismo perdió las elecciones presidenciales de 2008, las siguientes elecciones municipales, en 2010, se convirtieron en un escenario de preparación para su retorno al Gobierno en 2013. Antes de ese momento se había producido un giro progresista en el Mercosur y en América Latina, que posteriormente sería seguido por una reacción conservadora.
Durante su gobierno, Nicanor Duarte Frutos había realizado algunos gestos de acercamiento al progresismo. En la Convención de la ANR de abril de 2007 sostuvo que el Partido Colorado era nacionalista, agrarista y partidario de un “socialismo humanista”.
Invitó a Fidel Castro a su toma de posesión y Hugo Chávez visitó Paraguay en cuatro ocasiones. Esto resultaba completamente inusual para un partido históricamente identificado con la derecha dura y con la lógica política de la Guerra Fría.
En ese contexto apareció Fernando Lugo, un obispo católico de perfil progresista, con un pasado que permitía descartar el temor de que fuera comunista. Su candidatura logró convertirse en una alternativa aceptable tanto para sectores liberales como para algunos sectores colorados descontentos.
Sin embargo, las divisiones internas de la Alianza Patriótica para el Cambio y el apoyo financiero de Horacio Cartes al Partido Colorado fortalecieron la percepción de que, una vez unido y reorganizado, el coloradismo no podía ser derrotado. Y, efectivamente, ocurrió así. Al tradicional gobierno cívico-militar de la dictadura le sucedió un gobierno de perfil cívico-empresarial.
Todo parecía estar en contra del coloradismo en las elecciones de 2008. La candidatura de Blanca Ovelar, aunque respaldada por una figura de integridad personal destacable, no logró articular todos los intereses oficialistas, que muchas veces resultan contradictorios. Además, su condición de mujer puso de manifiesto los límites de una cultura política patriarcal.
La disputa interna con Luis Alberto Castiglioni, quien cuestionó el resultado de las internas coloradas, profundizó la división. A ello se sumó la candidatura de Lino Oviedo, que representó una fragmentación adicional del voto oficialista y obtuvo cerca del 21,9 %.
En el escenario internacional también influyó la victoria de Barack Obama en Estados Unidos en 2008, asociada a una imagen de cambio, lucha contra el racismo y recuperación económica.
Pero la reacción conservadora ya estaba en marcha en el continente. Diversos gobiernos progresistas comenzaron a enfrentar procesos de desestabilización conocidos como “golpes institucionales”. Junto con la destitución de Fernando Lugo en Paraguay, en 2012, se habían producido procesos similares contra Manuel Zelaya en Honduras, en 2009; Dilma Rousseff en Brasil, en 2016; y Evo Morales en Bolivia, en 2019.
En Estados Unidos, la llegada de Donald Trump al poder en 2016 expresó otra dimensión de esa reacción conservadora, con políticas tributarias regresivas, restricciones migratorias y conflictos comerciales.
A pesar del triunfo opositor en Asunción con Mario Ferreiro en las elecciones municipales de 2015 y de otras victorias locales, la Alianza Patriótica para el Cambio ya se había disuelto. La percepción política dominante era que el coloradismo había recuperado terreno con la victoria municipal de Arnaldo Samaniego en 2010 y que el triunfo de Ferreiro podía ser reversible.
Las elecciones municipales funcionaron, así, como un preludio de las elecciones presidenciales que llevarían a Horacio Cartes al poder en 2013.

