La idea de pasar un domingo entero —durante 12 o 14 horas continuas— sentado ante una mesa de votación dejó de ser una actividad atractiva hace ya bastante tiempo. Quienes recuerdan los relatos de los más veteranos evocan con cierta nostalgia aquellas jornadas posteriores a la caída del régimen de Alfredo Stroessner. En las elecciones municipales de 1991, las primeras donde la ciudadanía pudo elegir directamente a sus intendentes en lugar de recibir designaciones a dedo desde el Poder Ejecutivo, la efervescencia era palpable. En Asunción, la irrupción victoriosa de aquel joven médico de poco más de 30 años al frente de una alianza opositora movilizó a miles de personas. En ese entonces, ser mesario, apoderado o veedor se asumía como un honor histórico y un compromiso voluntario con la naciente democracia.
A 35 años de aquellos momentos, el entusiasmo experimentó altibajos considerables. Durante décadas, la oposición enfrentó serias dificultades para sostener una estructura capaz de hacerle contrapeso al Partido Colorado, una maquinaria electoral que conoce a la perfección el valor estratégico de dominar las mesas receptoras de votos. La apatía y la desconfianza terminaron cediendo espacios vitales en los locales de votación.
Por eso, el panorama actual para las próximas elecciones municipales del 4 de octubre marca un quiebre de tendencia interesante. La articulación de fuerzas entre el PLRA, sectores del Tercer Espacio y voluntarios en torno a la candidatura de Soledad Núñez para la Intendencia de Asunción devuelve a la jornada electoral un elemento que parecía extraviado: la pluralidad real en la fiscalización.
Lograr la paridad de representación en las mesas, el anhelado «dos a uno» frente al partido de gobierno, requirió un esfuerzo logístico y humano considerable. Ver nuevamente a militantes y ciudadanos independientes ponerse la camiseta para velar por la transparencia del proceso genera un optimismo justificado.
Esta presencia equilibrada en las escuelas no solo garantiza que cada boletín y cada acta reflejen con fidelidad la decisión ciudadana, sino que también contribuye a disipar las dudas que persisten en torno al uso de las máquinas de votación. Cuando el control se ejerce de manera mutua y rigurosa por parte de actores con distintas visiones políticas, el sistema gana legitimidad.
Saber que el próximo 4 de octubre los centros educativos albergarán a mesarios de diversos orígenes ideológicos custodiando codo a codo la voluntad popular es, en sí mismo, un síntoma de salud democrática. La verdadera custodia del voto no reside únicamente en la tecnología utilizada, sino en la convicción de una ciudadanía dispuesta a velar por el respeto de su propio destino.
Irma Rojas
Irma Rojas
Consultora en Comunicación Política & Periodista.
