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¿Cómo era la economía en los ’60?

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Los años ’60 fueron particularmente agitados en todo el planeta. Empezaron con la venta autorizada de las primeras pastillas anticonceptivas, las minifaldas de Mary Quant, el Concilio Vaticano II, la crisis de los misiles de Cuba, el asesinato de John Kennedy, el “mayo francés” (la imaginación al poder) y la llegada del hombre a la Luna. Se popularizaba, en plena guerra fría, aquello de la “cortina de hierro”, concepto atribuido en 1947 al entonces Primer Ministro británico Winston Churchill, cuando en realidad la expresión parece haber sido acuñada por el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels.

Por entonces estaban en pleno desarrollo los acuerdos de Bretton Woods, pequeña localidad montañosa de New Hampshire, Estados Unidos, en donde representantes de 44 naciones aliadas acordaron adoptar el patrón dólar en reemplazo del oro, creando además el Fondo Monetario Internacional para estabilizar las monedas nacionales y el Banco Mundial para ayudar a las economías más vulnerables y sumidas en la pobreza.

En ese mundo se movía el Paraguay, gobernado desde 1954 por Alfredo Stroessner, que para 1960 transitaba su primera reelección.

DIMINUTO, AISLADO, DESCONOCIDO – Paraguay era en los ’60, más que nunca, el secreto mejor guardado. Con sus 406.752 kilómetros cuadrados -apenas 47.000 kilómetros cuadrados más que Alemania-, ahogado entre dos gigantes sudamericanos y padeciendo una insanable mediterraneidad, albergaba 1.955.000 habitantes, con 64 de cada 100 viviendo en el campo.

Asunción tenía 280.000 habitantes y su infraestructura vial terminaba en la avenida General Santos. Más allá imperaban la vegetación virgen, las calles de tierra y los barrios apenas dibujados en medio de enormes baldíos. Viejos tranvías movidos a electricidad continua y camiones hábilmente carrozados por carpinteros eran los únicos medios de transporte urbano.

El aislamiento del país era casi completo. Ningún puente nos unía a Brasil o Argentina. El de la amistad sería inaugurado ya avanzada la década de los ’60. Los pasos fronterizos eran muy pocos. En 1970 se puso en servicio el puente San Ignacio de Loyola que une Falcón y Clorinda, una estructura tipo Bailey que parece haber cumplido ya con largueza su tiempo de servicio. De Asunción a Chaco í se cruzaba en una frágil balsa. Lo mismo ocurría entre Encarnación y Posadas, cruce servido por un ferry que transportaba vagones de ferrocarril, automóviles, camiones y personas a través del torrentoso rio Paraná. Recién en 1990 entraría en servicio el puente San Roque González aunque el cruce en balsa nunca dejó de funcionar.

El vinculo con Brasil era a comienzos de los ’60 muy débil. La entonces Ciudad Presidente Stroessner era apenas un caserío que se asomaba al profundo barranco del Paraná, frente a la provinciana Foz de Iguazú. Ya estaba en construcción el puente que uniría ambas márgenes en 1965. 

Un año más tarde se firmaría un documento del que aún hoy se habla.

ACTA DE FOZ DE IGUAZÚ – Fue el 22 de junio de 1966 que los cancilleres del Paraguay, Raúl Sapena Pastor, y del Brasil, Juracy Magalhaes, firmaron el “Acta de Foz de Iguazú”, que más allá del edulcorante lenguaje diplomático, estableció las bases de lo que años después se concretaría en el mayor emprendimiento hidroeléctrico de la época.

Se acordaba en el acta de compromiso el estudio y levantamiento de las posibilidades económicas entre ambos países, en particular los recursos hidráulicos pertenecientes en condominio en el Salto Grande de Siete Caídas o Salto de Guaira. Avanzando en el concepto, establecieron que la energía resultante del emprendimiento sería dividida en partes iguales entre los dos países, siendo reconocido a cada uno de ellos el derecho de preferencia para la adquisición de esta misma energía a justo precio. 

Fue el génesis de Itaipú. Eso y el “ponte da amizade” ligarían para siempre ambas naciones.

MUY CHIQUITOS – La economía de los ’60 era diminuta y no movía ningún amperímetro regional. El gobierno mantenía un cambio fijo a razón de 128 guaraníes por dólar. El petróleo cotizaba a US$ 2,2 el barril y el comercio exterior de 1961 no superaba los US$ 65 millones. 

¿Qué y a quiénes les comprábamos y vendíamos? Argentina estaba en primer lugar, a la que exportábamos principalmente madera aserrada y en rollos, frutas frescas y aceites y le comprábamos un sinnúmero de artículos de consumo general, desde leche en polvo hasta vino en damajuanas. Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda y otros del Mercado Común Europeo se llevaban de aquí preferentemente carne enlatada y congelada, además del algodón que empezaba a producirse en forma creciente. 

Por entonces, los rubros “estrella” de la exportación eran el algodón (US$ 642 la tonelada) y la carne enlatada o congelada (US$ 681 la tonelada). La madera en rollos era voluminosa pero de poco valor, apenas US$ 27 la tonelada, y la aserrada no pasaba de US$ 50.

Con escasa industrialización, un comercio pequeñito y muy “argentino dependiente”, el Paraguay tardaría por lo menos una década en levantar cabeza, principalmente a partir de la construcción de Itaipú, cuando Brasil inclinó la balanza en su dirección.