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EL CANDIDATO
martes, mayo 11, 2021
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¿Adictos por ley?

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Cuando se aprueba –en cualquier sociedad- la ley del divorcio, de inmediato sus detractores anuncian una lluvia de juicios de disolución matrimonial. ¿Qué supondría eso? ¿Qué las parejas se separan para aprovechar la ley? ¿No será que hacen ante un juez lo que ya estaban haciendo de hecho?

¿Se hacen más abortos porque una ley los legaliza, o simplemente se blanquea lo que se practicaba ilegalmente? La ley de matrimonio igualitario, ¿provocó un estallido del fenómeno LGBT, o más bien lo sacó de la oscuridad y la negación?

Los 13 años de vigencia de la ley seca en EE.UU. –o prohibición del alcohol- lo único que lograron fue hacer hipermillonarios con el contrabando y venta clandestina de bebidas alcohólicas. Para establecerla los norteamericanos tuvieron que enmendar la constitución (la décimo octava enmienda) y luego sacar otra, la vigésimo primera, para mandar a la historia la prohibition y, con ella, al “movimiento por la templanza” que la había generado en los años ’20. Una dramática, costosa y hasta sangrienta demostración de lo que se logra cuando se quiere modificar por ley los hábitos y preferencias del ser humano.

Ahora la ONU afirma que la legalización del cannabis, o marihuana, en Canadá, Uruguay y once estados de EE.UU. está desembocando en un aumento de su consumo. El enfoque es curioso, algo a lo que nos tiene acostumbrados últimamente la ONU. ¿Sobre qué cifras hacen sus cálculos si no hay referencias anteriores, dada la ilegalidad del comercio de la droga? Se sabe al dedillo cuantos cigarrillos o litros de cerveza se fuman o toman por habitante, ya que son sustancias socialmente aceptadas. ¿No será que empiezan a salir a la luz consumidores que antes se escondían para comprar y usar la hierba, y que ahora forman parte de una estadística alimentada por datos
legales y abiertos?

Otra pregunta: ¿Quién espera una ley para hacerse fumador de marihuana? Hacer ingeniería social es harto complicado y por lo general termina despertando el genio autoritario de los Estados a caballo de ciertos extremos de la conducción política y los referentes sociales. Se lo comprueba una y otra vez. Pero no aprendemos. A lo sumo incorporamos a regañadientes algunas reformas, aunque a costa de radicalizar aún más a los bolsones que se han
resistido tenazmente a ellas.

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