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Acaray, el salto fantasma

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Cristian Nielsen

En realidad no murió. Sólo se convirtió en fantasma, sobre todo en épocas de grandes sequías y bajantes extraordinarias.

El salto del Acaray cambió por completo de status en 1968, después de millones de años durante los cuales el río que le da el nombre corriera ininterrumpidamente sobre su lecho pedregoso partiendo de las estribaciones de la cordillera de Caaguazú. Son 307 kilómetros de viaje a lo largo de los cuales el agua sigue su curso sinuoso para precipitarse en un salto de poca altura -10 metros, nada más- unos kilómetros antes de confundirse con el Paraná.

En 1968, el Gobierno selló su sentencia de muerte al poner en marcha el primer complejo hidroeléctrico del Paraguay. En realidad, su lenta agonía había comenzado mucho antes, cuando ingenieros especializados en hidráulica y generación de energía eléctrica le echaron el ojo a este rio manso y pintoresco que sólo se encabritaba hacia su cauce inferior.

VECINOS Y HERMANOS – En 1951 empezaron los primeros escarceos entre Paraguay y Brasil en lo que parecía ser la búsqueda de solucionar viejos problemas fronterizos. Todavía no se había escrito nada definitivo sobre lo que sería el tratado de Itaipú pero sí se avanzaba sobre la construcción de una hidroeléctrica mucho más pequeña. Dos ríos estaban en la mira, el Monday y el Acaray, con similar potencial hidroeléctrico. Finalmente se decidieron por el Acaray dada su mayor cercanía a territorio brasileño limítrofe. ¿La razón? Brasil entregaría sin costo a Paraguay el diseño de la represa a cambio de que se le cediera, por 20 años, el 20% de la energía generada por el embalse. 

El compromiso fue sellado y en 1961, al cortar la cinta inaugural del Puente de la Amistad, el brasileño Juscelino Kubitschek entregó a Alfredo Stroessner dos carpetas con el diseño completo de la central. Cuatro años más tarde comenzaron las obras y para diciembre de 1968, los dos grupos generadores comenzaron a rodar entregando 94 megawatts al sistema eléctrico paraguayo que hasta entonces funcionaba con usinas a gasoil y leña. 

La obra, pese a su complejidad para la ingeniería disponible entonces, había costado US$ 32 millones financiada con un préstamo del BID, por la empresa que suministró las maquinarias a instalarse y por la propia ANDE que asumió con fondos propios el 22% restante.

De manera que aquel diciembre de 1968 convirtió al salto Acaray en un fantasma que aparece y reaparece, según la altura de las aguas del río.

OTRO FANTASMA – El salto Acaray era una miniatura al lado de ese monstruo también desaparecido, los saltos del Guairá, fenómeno natural que aún sobreviviría otros 15 años a su hermano menor.

Aproximarse a aquellas cataratas era una experiencia escalofriante. Quienes vivieron en sus cercanías hasta su desaparición en 1983, dicen que según la época del año y el caudal transportado por el rio Paraná, dos cosas eran perceptibles antes siquiera de verlas: un ruido sordo ininterrumpido que iba in crescendo a medida que el viajero se aproximaba a la orilla del río y, quienes iban por primera vez, juraban que sentían temblar la tierra bajo sus pies.

Se dice que este fenómeno del “temblor” es natural ya que el río Paraná corre sobre un lecho de basalto, roca que en algunos tramos y según la altura desde la cual se precipita el agua, podría sonar como la membrana de un tambor, afectando no solo el oído sino causando un raro hormigueo en las plantas de los pies del observador. 

Casi 200 kilómetros aguas abajo del Guairá está el sitio que los originarios bautizaron Itaipú, piedra que suena, eponimia que también se esfumó sepultada al llenarse el gigantesco embalse que hoy lleva su nombre. 

Hoy, los saltos del Guairá son otro fantasma, en este caso, inmerso bajo las aguas que antes se despeñaban por gargantas y cañones tallados en la piedra y que hoy son un lago de superficie mansa pero de un fondo lleno de revoltosas corrientes sumergidas.  

 

TRISTEZA – Si los saltos del Guairá sobreviven como un espectro bajo las aguas del lago Itaipú, el salto de Acaray es un descarnado esqueleto que va desgranándose al sol y al viento. En un rincón, como testimonio de su antigua grandeza, un hilo de agua se abre camino en un rincón de la antigua cascada para caer unos metros y formar una mezquina pileta en la que los lugareños buscan refugio durante la calígine veraniega.

A veces, si las lluvias son generosas y al embalse le sobra agua, sus celosos custodios abren las compuertas y el río Acaray, aguas abajo, recobra algo de su antiguo esplendor. La cascada vuelve a la vida pero por poco tiempo. 

Y cuando desaparece, solo queda la tristeza de las piedras secas cuarteándose al sol.  

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