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Somoza nos cambió la vida

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Debe haber sido la víspera del 17 de julio de 1979. Víctor Benítez había conseguido comunicarse con el bunker de Somoza en Managua, atravesada en esos días por la guerra civil deflagrada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional acaudillado por Humberto y Daniel Ortega. En esos días, ambos hermanos representaban el paradigma de la valentía revolucionaria luchando contra la sangrienta dinastía de los Somoza en Nicaragua.

Cómo podríamos imaginar entonces que los revolucionarios iban a sustituir una dictadura por otra.

ULTIMO ACTO – La conversación de Somoza con Víctor no fue muy extensa. Eran los últimos momentos de un régimen que había arrancado en 1937 con Anastasio Somoza García, seguido por Luis Somoza Debayle y culminado por Anastasio Somoza Debayle aquel dia de julio de 1979. La voz del dictador se escuchaba entrecortada, puesta en el aire por Radio 1° de Marzo.  Las preguntas de Víctor eran cortas y directas: a dónde pensaba ir, que sería de su familia, si los sandinistas lo dejarían salir de Nicaragua…  El inminente fugitivo no tenía mucho tiempo para perder ni la radio muchos recursos que gastar en comunicaciones que en aquel tiempo costaban un disparate.

Somoza seguía confiando en su Guardia Nacional, pero con quien no pudo fue con el Gobierno de EE.UU., que le exigió su salida de Nicaragua para finiquitar un conflicto que acumulaba un enorme pasivo de muerte y destrucción y amenazaba con desestabilizar América Central.

EXILIO DORADO – Somoza abandonó Nicaragua y se refugió temporalmente en Ciudad de Guatemala.  Desde allí organizó su salto hacia el exilio que pretendía fuera definitivo: Paraguay. Para el efecto rentó por US$ 100.000 un avión Boeing 707 de Líneas Aéreas Paraguayas que abordó el 17 de agosto junto con su amante Dinorah Sampson, sus hijos Anastasio y Roberto y un grupo de leales entre militares y civiles.

Somoza se instaló con toda comodidad en el país, al calor de la enorme fortuna que tuvo la precaución de sacar del país con antelación o de llevarse en las bodegas del avión de LAP. Llevó una vida rumbosa, al estilo de los típicos magnates horneados en dictaduras sanguinarias y rapiñeras. El y su familia eran invitados obligados a las tenidas sociales de los grandes figurones del estronismo. Se hizo famoso un episodio durante el cual uno de los hijos del tirano prófugo intentó “hacerse llevar” a su habitación a la hija de un encumbrado general del estronismo. El caprichito de su cachorro de autócrata casi le cuesta a Somoza padre su cómoda y regalada estancia en el país.

“EXPLOTÓ UNA GARRAFA” – De nuevo en la ruidosa redacción del diario Hoy. Mañana del 17 de septiembre de 1980. “Tito” Frings, cronista deportivo e inveterado oyente de radio, voceó el aviso: “Parece que explotó algo, una garrafa, cerca de la Pepsi…”.

Lo que había explotado era una granada autopropulsada RPG-7 que desventró por completo el Mercedes Benz en el que viajaban Somoza, su chofer César Gallardo  y una especie de asesor bursátil de nombre Joseph Baittiner. Se supone que los tres ya estaban muertos porque Enrique Gorriarán Merlo y José Mendoza, ambos elementos del Ejército Revolucionario del Pueblo de Argentina, ya se habían “asegurado” rociando la limusina con ráfagas de M-16 y AK-47.

Los fotógrafos de Hoy llegaron poco después e hicieron una faena excelente. Hasta hoy tengo grabada en la memoria la escena en la que Dinorah Sampson llega a la escena de la tragedia corriendo, envuelta en las nubes de humo que aún cubrían el lugar. Fotoperiodismo del bueno.

Eran las 10.10 de la mañana y comenzaba allí el verdadero “somozazo” para los paraguayos.

EMPIEZA EL BAILE – La policía hizo una presentación de las armas capturadas en el lugar del atentado, avenida España y América. Salvo el fusil FAL de uso en Argentina, las otras armas, incluido el M-16 y sobre todo el AK 47, eran completamente desconocidas en el país. La versión china del RPG 7, un lanzagranadas antiblindados, tenía un fuerte olor a guerrilla y el formato de la emboscada reproducía fielmente los atentados terroristas que por entonces sacudían a la convulsionada Argentina.

El “comando ejecutor” huyó casi en su totalidad tras matar a Somoza. Sólo fue capturado Hugo Alfredo Irurzún, que la red de espionaje del Operativo Cóndor identificó de inmediato como el “capitán Santiago”, famoso por sus ataques contra unidades militares en el noroeste argentino. Irurzún murió esa misma noche en las mazmorras de investigaciones y su cuerpo sería “hallado” en un barrio cerrado camino a Itá Enramada… arrojado allí, desde luego, por los chacales de la dictadura.

A partir de ese día, el país entró en una especie de presidio abierto. Los operativos rastrillo se multiplicaron, la Marina y el Ejército cerraban calles, entraban a los domicilios y revolvían mobiliario y papeles. Todos fuimos, durante varios años, sospechosos hasta que se probara lo contrario.

La estela del dictador, que había comenzado durante su último día en su bunker y acabada en el ruidoso somozazo, nos iría a complicar la vida a todos.  Y durante demasiado tiempo.