Por: Guadalupe Robles, historiador mexicano
- Psicopolítica neoliberal. El poder ya no solo es coacción externa sobre nuestras conductas sociales, ahora, en esta época digital, va hacia dentro de nosotros mismos: nuestros sentimientos, voluntades y deseos. De lo exterior a lo íntimo. Los mensajes hoy son más sofisticados: descubre de nosotros lo que nosotros mismos queremos reconocer. El poder nos interpreta sin piedad y fríamente. Tramposamente. Conocedor de nuestras debilidades, miedos y contradicciones,
- La sociedad de la transparencia. Aquí la transparencia no es como comúnmente la conocemos. No es la letanía que todo gobierno tiene en su discurso político. Han se refiere a esta sociedad en que todos lo contamos todo. Donde ha desaparecido el secreto y el misterio fascinante. En las redes nos desnudamos, ante todo. Le decimos al mundo lo que somos, lo que nos duele, comemos y nos fastidia. El poder ya no puede operar con las discreciones indispensables que a veces obliga el oficio de gobernar.
- La sociedad del cansancio. Hemos pasado de ser esclavos de otros, a ser esclavos de uno mismo. Hemos transitado de la sociedad del orden a la sociedad del rendimiento. Tenemos que dar todo, ejercerlo todo. Rendir lo más que podamos. Pero ese rendimiento extremo ya no lo exige un jefe externo. Ahora somos nosotros los que nos exigimos implacablemente a nosotros mismos. Nos exigimos hasta el cansancio el éxito, la relevancia. Aquello que nunca vamos a alcanzar.
- Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. En su último libro, Han advierte que somos una sociedad sin atención, aludiendo a uno de los temas de la filósofa francesa Weil, por fortuna hoy revalorada. No ponemos atención en nuestra mesa con la familia, en el aula escolar, en el cine. No ponemos atención a lo que dice el político, a los consejos de la gente que nos quiere, ni a las palabras de amor. Estamos absortos en la red y sus algoritmos. Estamos a merced de la prisa. Hemos perdido la capacidad de detenernos a pensar. La atención, dice Weil, es un acto de amor. Hoy, hay que decirlo, un acto de amor perdido.
- La desaparición de los rituales. La política eran rituales. Modos y formas. También fondos. Todo tenía un significado. Una pausa para crear símbolos y mensajes. Había cierta parsimonia en las tradiciones religiosas, sociales, políticas. Cuando la impaciencia no nos había invadido el alma. Esa que todo quiere rápido, en un instante, en un mensaje efímero para luego pasar a otro. El discurso político, aquel que explicaba y convencía, ya no va más. Ahora es la frase ocurrente, la vulgaridad que espera el like. Hoy todo es prisa. Todo pasa, nada queda.
- Topología de la violencia. La violencia adquiere muchas caras. La que todos conocemos, las del horror, las consecuencias terribles que nos recuerdan que la condición humana está llena de sótanos inconfesables. Pero hay otra cara de la violencia más soterrada: la violencia interna que nos autoimponemos para alcanzar el éxito y el visto bueno de los otros, esa masa invisible de las redes, a la que nunca, por más que hagamos, le damos gusto. Hay una violencia de nosotros hacia nosotros mismos, exigiéndonos el éxito y el máximo rendimiento.
- La crisis de la narración. Somos las historias que contamos. Las que oímos desde niños y las que inventamos. Pero hoy la impaciencia ha detenido la narración de lo que somos. No hay tiempo para escuchar. No hay tiempo para reflexionar. No hay tiempo para saber qué somos o qué queremos. No hay tiempo para la vida. El algoritmo es el dios y su reino el desenfreno informativo. La política ha caído también en esa dinámica. Es parte del mismo río de desasosiego en el que navegamos.
Periodista Senior