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A la entonces intendenta municipal de Asunción, Evanhy de Gallegos (2006-2011), se le ocurrió un día la idea de encabezar personalmente el operativo limpieza de baldíos de la ciudad a partir de la explosiva propagación del dengue. Seguida de un fiscal y orden de allanamiento mediante, irrumpió en un predio particular en donde media docena de “cuates”, a las 09.00 de la mañana, acometían la dura tarea de acabar con una ronda de tereré repatingados en esas sillas de cuerdas tan cómodas. La intendenta no tuvo mejor idea que apostrofar a los terereseros instándolos a sumarse a la tarea, que realizaban unos robustos mocetones de la Intendencia, de juntar basura y despejar yuyales. Los dueños de casa miraron por un instante a Evanhy como a una suerte de extraterrestre, y siguieron en lo suyo sin mostrar la menor intención de sumarse al comando mosquiticida. No se levantaron ni siquiera por cortesía para con una mujer.

La imagen puede parece extrema (está en los archivos de la TV) pero sirve para revelar el poco compromiso con la higiene ambiental que permea grandes capas de la sociedad. A mucha gente, demasiada, le cuesta horrores vincular ese mosquito que nos fastidia a diario con una enfermedad que ya ha matado a miles de paraguayos. Una combinación de ignorancia, abandono y la costumbre de convivir con la mugre hace que el país entero -no solo Asunción- sea el medioambiente que garantiza la supervivencia y propagación del aedes aegypti, portador del temible virus que ya lleva cuatro mutaciones, del DEN1 al DEN4, todos cómodamente adaptados al Paraguay.

En los países que funcionan en serio, esta condición “medioambientalmente amigable” con vectores de enfermedades se combate con fuertes multas, considerando que la salud pública es una de las pocas áreas de control estatal que no admiten atenuantes a las transgresiones.

Aquí, eso es imposible. Las multas son casi simbólicas y jamás llegan al punto de ejecución cuando los alcanzados apelan a su condición de “socioeconómicamente vulnerables”. Por eso el desparpajo de los compadres terereseros del comienzo, a quienes la presencia de la mismísima intententa municipal en su casa no les movió un pelo de la nariz.

En las antiguas tradiciones paraguayas, la categoría de “pobre pero limpio” era un timbre de orgullo. Hoy es una anécdota aderezada con pereza y abandono.

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