Debemos admitirlo, la fugacidad de las cosas es una verdad incómoda, nos acompaña
desde el inicio de nuestras vidas. Todo lo que nos rodea, las personas, momentos, y
objetos, están sujeto al paso del tiempo y al inevitable cambio. Pero aceptar que nada
dura para siempre no es algo que resulte pesimista del todo, simplemente es
comprender que la impermanencia es parte esencial de la existencia. Este hecho, lejos
de desalentarnos, quizá sea más motivador al momento de apreciar el presente.
Vivimos aferrados a lo que nos ofrece seguridad: una relación no toxica, un trabajo
estable y digno, una rutina saludable. Pero cuando eso se llega a desvanecer,
sentimos que el mundo no tiene sentido. Puede que, en esos momentos de pérdida,
descubramos nuestra capacidad de adaptación. Todo cambio nos obliga a crecer, a
reinventarnos, a buscar nuevos horizontes. Porque nada dura para siempre, incluso el
sufrimiento, la vida seguirá su curso de alguna forma.
Hay que reconocer que todo lo bello es efímero. Esos instantes de felicidad, los logros,
los vínculos profundos, son al final nada más que un ciclo. Su verdadero valor no
reside en su duración, sino en su intensidad. El saber que algo terminará nos invita a
vivirlo con más plenitud, sentir cada segundo como si fuera el último. La conciencia de
la finitud nos enseña a apreciar eso que tenemos, sea poco o mucho.
En última instancia, la certeza de que todo terminará no debe ser motivo de
desesperanza, sino de profundidad. Solo así podremos construir sin ilusiones dañinas,
a amar sin posesión y a vivir sin el deseo de querer controlar lo incontrolable. En ese
desapego reside una libertad que muy pocos reconocen, pero que tarde o temprano
todos necesitan.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
