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EL CANDIDATO
viernes, julio 30, 2021
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Asunción

Los refugiados de la salud pública
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La pandemia nos enrostra una de sus peores caras

Antes de la pandemia fueron las inundaciones, con sus desplazados que nunca vuelven, en su totalidad, a sus habituales asentamientos. Luego fue el frío que aunque esporádico, expone la vulnerabilidad de la gente en situación de calle. Y ahora es la pandemia, aunque esta verdadera maldición bíblica tiene otra conformación, otro origen y razón de permanencia.

Los acampes frente al Hospital Central del Instituto de Previsión Social tienen una justificación que en otras sociedades sería muy difícil sostener. Desde siempre, a los paraguayos nos ha gustado estar cerca de nuestros enfermos, en especial cuando atraviesan un trance difícil y con desenlace abrupto y poco previsible. Pero como la salud pública en el Paraguay padece deficiencias estructurales básicas, un pariente nunca sabe en qué momento deberá salir corriendo a comprar un paquete de gasas, o dos litros de suero o bien algún medicamento caro que -oh, casualidad- se vende sin receta en las farmacias de los alrededores del IPS. Por eso la carpa, por eso la espera en el patio del hospital, durmiendo casi a la intemperie, a la espera de alguna emergencia o, sencillamente, de novedades que muy pocas veces son gratas a los oídos.

El coronavirus ha impuesto a las familias un sufrimiento extra, que consiste en no poder ver a su ser querido internado ni siquiera de lejos. Es una verdadera tragedia griega con ribetes de sadismo sin precedentes, ya que si el desenlace es el peor, se le niega a los deudos el natural impulso de acercarse al difunto para hacer el duelo que de alguna manera contribuye a desahogar el dolor de una muerte.

Pero no vaya a creerse que estos verdaderos campamentos de refugiados del dolor son una
novedad. Lo que ha hecho la pandemia es multiplicarlos, hacerlos visibles y exponer esa faceta lamentable que son las carencias de cobertura de la salud pública. No pocas veces la salvación de una vida depende de que el familiar del enfermo esté “a tiro”, responda a la llamada y acuda a comprar lo que la institución debería tener y no tiene por ineficiencia del sistema o corrupción de quienes lo administran.

Catorce mil muertos son demasiados incluso para una salud pública descangallada, saqueada y subprovista de lo necesario.

Los campos de refugiados son su peor estandarte, dolorosamente flamígero.

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