lunes, mayo 11

La mente como frontera/Félix Giménez

Toda mente es un territorio de misterio; algunos recuerdos permanecen y otros se van
sin explicación. ¿Qué decide qué recordamos y qué eliminamos? Sin darnos cuenta,
perdemos momentos que ansiamos conservar; otros, dolorosos o no, se quedan
pegados para siempre. Esta selección al azar es una ironía del cerebro, como una
frontera entre lo que merece quedarse y lo que deseamos borrar. No es seguro decir si
se trata de un acto de crueldad o de misericordia.

Hay olvidos que son necesarios, pero también están esos recuerdos felices que se
desvanecen. ¿Qué es peor: recordar lo que ya no existe u olvidar aquello que alguna
vez valoramos? La mente parece no discriminar entre dolor y gozo; solo archiva lo que
puede. Su indiferencia es, quizá, su mayor ventaja de alguna manera.

Muchos opinan que el olvido es una bendición, un mecanismo de defensa justo y
necesario para sobrevivir en algunos casos. Otros lo consideran como una traición a
nuestra propia historia. Lo cierto es que ambas posturas tienen una verdad parcial. La
mente nos cuida, pero también nos encierra. Es una frontera que determina quiénes
somos, quiénes fuimos, qué podemos ser y no ser, y sin preguntarnos si estamos de
acuerdo.

Es por eso por lo que duele cuando intentamos recuperar lo perdido y solo hay
silencio. La memoria es un campo de luces y sombras. Festejamos lo que perdura y
lamentamos lo que se va, y lo más curioso es que nunca sabemos cuál hecho es más
triste o positivo. Lo único que nos queda es caminar por ese límite neblinoso, donde lo
que somos se fusiona con lo que ya nunca seremos.