Gracias a la industrialización es que vivimos en una época de abundancia material de
todo tipo, pero al mismo tiempo, eso se ha derivado en un vacío existencial para
muchas personas. Tanto la tecnología como el consumismo parecen ser sinónimos de
felicidad, y al final solo ofrecen una mera distracción. Alienada por las redes sociales y
el ritmo frenético de la vida, la humanidad ha perdido conexión consigo misma.
Desconexión que solo nos trajo más ansiedad, depresión y una sensación de
sinsentido.
¿Acaso los grandes avances nos han alejado de nuestra verdadera esencia? El
filósofo alemán, Martín Heidegger, ya se anticipó a esta crisis hablando acerca del
“olvido del ser”, sobre cómo la superficialidad nos ha alejado del sentido de la
existencia. Hoy día priorizamos la imagen sobre lo genuino, las posesiones sobre los
vínculos. Tratamos de llenar el vacío con más ruido, más pantallas, pero el silencio de
la reflexión nos aterra.
La salida de esta crisis no es volver al pasado, simplemente con preguntarnos:
¿quiénes somos más allá de los roles sociales? Se necesita coraje para buscar al fin
del túnel la luz. El arte y el diálogo profundo pueden servir de antídotos. Después de
todo, la crisis del ser es, al final, una oportunidad de poder redefinirnos. Claro, hay que
tener esperanza, y eso es algo que no se encuentra a la vuelta de la esquina.
El reto es claro: o nos conformamos con ser espectadores de nuestras propias vidas, o
reconquistamos la autenticidad y profundidad. La modernidad no debe de ser una
enemiga, sino una ocasión para encontrar más humanidad. La elección es toda
nuestra.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares