Ser felices por siempre es el gran mandato de esta era digital. Vivimos obsesionados
por alcanzar un estado de gozo perpetuo, de paz interior. Este tipo de presión social se
ha incrementado gracias a las redes sociales, se nos vende la idea de que ser feliz es
una meta disponible a nuestro alcance. Que todo lo que deseamos podría estar a la
vuelta de la esquina y, por lo tanto, es fácil de conseguirlo. El problema aparece
cuando ese anhelo se turna en una exigencia.
Estar constantemente persiguiendo la felicidad tiene un lado oscuro del cual muy
pocos hablan. Para empezar, nos incapacita para gestionar otras emociones naturales
y necesarias como el miedo, la frustración o la tristeza. Empezamos a ver cualquier
error como un fracaso que debe ser borrado del historial. Esta tiranía del positivismo
nos hace sentir culpables por no estar siempre sonrientes. Buscamos entonces atajos
hacia la alegría, a veces superficiales y peligrosos.
El producto final es una felicidad frágil y artificial, hecha a base de negar la realidad. La
auténtica realización individual es reconocer la dualidad de la existencia humana.
Aprendemos y crecemos tanto en situaciones felices como en las difíciles. La obsesión
por evitar el sufrimiento solo nos vuelve más indefensos a él.
Sin duda, debemos de cuestionar el pensamiento de felicidad a cualquier precio. No se
trata de renunciar a ser felices, sino de redefinir que es exactamente eso. Una
existencia significativa acepta tanto los buenos como los malos tiempos, y sabe sacar
provecho de ambos. El verdadero precio de querer ser feliz a cualquier costo es, de
manera irónica, la felicidad auténtica.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
