sábado, abril 25

Familiares tóxicos / Félix Giménez

Empezaré diciendo algo lógico, pero que a ciertas personas les sigue costando
entender. No porque se compartan lazos de sangre, estamos obligados a amar a
quienes solo nos causan dolor. Muchos sufren en silencio porque la hipócrita sociedad
les repite “la familia es lo primero”, aun cuando esta no brinda seguridad ni alguna paz.
Es difícil cortar lazos con gente así debido a su capacidad de manipular, pero la lealtad
no debe ser ciega. Merecemos entornos donde crecer, no espacios donde nos corten
las alas.
Algo como el amor no se mide por la genética, sino por el respeto y el apoyo mutuo.
Hay familiares que solo drenan la energía emocional con críticas y abusos disfrazados
de buenas intenciones. Nadie tiene por qué tolerar maltratos solo por tener el mismo
apellido. Cortar con esos lazos no es egoísmo, es supervivencia. Algunas veces, la
familia que elegimos (amigos y compañeros) resulta mucho mejor que esa en la que el
destino nos metió.
Lo triste de este asunto es que muchas personas ya han normalizado el sufrimiento
dentro del círculo familiar. ¿Quién no ha aguantado reuniones incómodas o ataques
pasivo-agresivos? Y lo peor es que luego uno tiene que aguantarse las ganas de
responder cómo se debe por el miedo al qué dirán los demás. La salud mental debe
estar por encima de la gente tóxica; la sangre compartida no garantiza bondad; la
verdadera familia se construye con acciones, no con obligaciones.
Sé muy bien que el reconocer que un miembro de la familia es tóxico duele, pero es el
primer paso para liberarse de esa carga. Perdonar no es sinónimo de permitir al daño
se perpetúe, y apartarse no te vuelve el villano de la historia. Todos merecemos una
familia que aporte, no una que reste. La vida es demasiado corta como para
mantenerse cerca de alguien que solo ve en uno el reflejo de sus propias