Lo que el país le debe a millones de niños en edad escolar
No vamos a escapar de este pasivo. No hay condonación para semejante deuda y cualquier refinanciación sólo agravaría el daño acumulado durante los últimos dos años. Todo este tiempo hemos estado escudándonos detrás del monstruo de la pandemia. A él le hemos ido cargando la cuenta con el argumento de que primero está la vida y luego la educación.
Puede que en la etapa más virulenta del COVID esa prioridad tuviera sentido. Pero no es menos cierto que muchos países reaccionaron a tiempo aplicando el principio de que “lo último que se cierra es la escuela y también lo primero que se abre”. La medicina y la investigación han demostrado que, con debidos cuidados, la actividad escolar es la que menos contagia. Se puede conceder que toda precaución es poca frente a una enfermedad desconocida, sobre todo con niños de la primaria. Pero al cabo de cierto tiempo las sociedades en donde la educación es gestionada con mayor cuidado y dedicación tomaron la alternativa de reabrir las aulas y recuperar, en lo posible, el tiempo escolar perdido.
Los estudios sistematizados sobre el daño causado por la pandemia en los procesos educativos empiezan a aparecer y no son alentadores. Según la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), que cita un análisis preliminar hecho por el sistema educativo del estado de Sao Paulo, Brasil, “pruebas diagnósticas estandarizadas realizadas cada año a sus alumnos en áreas como matemáticas, demuestran que harán falta hasta 11 años para recuperar el aprendizaje perdido. Después de casi un año de interrupción escolar, los resultados obtenidos por los alumnos son comparables a los de las pruebas hechas en 2005 o 2007”.
Algunas sociedades se están haciendo preguntas y buscando caminos de salida a estos dos años de ruinosa inactividad sufridos por el sistema educativo. Hablan de educación digital inclusiva y de una nueva normalidad impuesta por la pandemia. No alcanza con comprar nuevas computadoras o cambiar el techo a los establecimientos ruinosos. Habría que poner números al atraso académico sufridos por miles de niños que no pudieron acceder al formato digital y tuvieron dos años de paro en su desarrollo educativo.
Todo esto ha ido acumulando una factura que debemos pagar entre todos, Gobierno, maestros y padres. No se puede condonar semejante deuda. Hay que pagarla.
Y cuanto antes, mejor.