La población mundial superó los 8 mil millones de personas en noviembre de 2022, y no existe un ser humano perfecto de ese número, así como lo que piensen, sientan o hagan. Todos somos distintos el uno del otro, he ahí lo peculiar del ser humano, en lograr entender esa diferencia y utilizar las herramientas que tengamos o creemos para trabajar, entretenernos, comunicarnos y hacer lo que debamos hacer en nuestras jornadas que no son las que fueron la de nuestros padres, tíos o abuelos ayer. Que no se comunicaban con pantallas en sus manos, buscaban acceso a la red internacional para enseñar, aprender.
Trabajar o socializar con las redes que a veces enredan más que servir para generar diálogos o intercambiar ideas o posturas sobre cualquier tema y terminan convirtiéndose en una pérdida de tiempo frente al “espejo negro”, que tampoco usaban para reflejar o no su rostro que también tenía el ceño fruncido por alguna preocupación o molestia en particular. Tenían su forma de ignorarlos o enfrentarlos para que no cause dilemas en su espíritu o mente. Espacios muy importantes en la vida de cualquiera en el planeta que nos mostramos muy parecidos por los hábitos y herramientas que usemos para lo que sea. Uno de esos instrumentos son nuestras pantallas ya sean teléfonos inteligentes, notebooks, tablets o lo que refleje cualquier luz para que pensemos cómo o qué hacer con lo que nos sea demandado cumplir.
La neuróloga colombiana Vanessa Benjumea dice que; «Las redes sociales y la cultura de la productividad nos hacen compararnos y exigirnos continuamente». La comparación trae consigo una serie de perjuicios cómo;
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Baja Autoestima y Autocrítica Excesiva
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Ansiedad y Estrés
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Pérdida de Autenticidad
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Emociones Negativas y Conflictos en Relaciones
Aprender a descansar
Vivimos en un tiempo donde la mente nunca se apaga. Desde que abrimos los ojos, una corriente de estímulos nos atraviesa: notificaciones, mensajes, titulares, comparaciones. Todo empuja hacia la acción, hacia el hacer. Pero en ese movimiento constante, pensar con claridad se vuelve un lujo. Inhalar, exhalar para operar en paz y seguridad hacia lo que sea. Lo que antes era una pausa ahora se percibía como pérdida de tiempo, y el silencio, como un vacío incómodo que urge llenar con alguna música, video o mensaje de voz.
La consecuencia, según la neuróloga Vanessa Benjumea, es una mente sobrecargada, incapaz de detenerse. Razón por lo que es muy importante tomarnos frecuentes pausas de estar sentados en nuestro escritorio o donde sea, dejar de lado la pantalla y tomar distancia de ella. Teniendo en cuenta que no forma parte de nuestro cuerpo y no nos debe controlar, cómo nuestra mente que enciende, regula y apaga el artefacto que nos sirve y no se debe servir de nosotros
Benjumea es autora de ‘Mente calma’, que es un kit de primeros auxilios para aliviar los bucles del pensamiento. En el mismo explica que la rumiación —que es el hábito mental de dar vueltas una y otra vez a lo mismo y ya se ha vuelto una epidemia silenciosa. “Los estándares irreales y maquillados que observamos a diario refuerzan la sensación de no estar haciendo ni siendo lo suficiente. Al mismo tiempo, la incapacidad para quedarnos en silencio nos hace sentir culpa cuando descansamos o simplemente dejamos de hacer”.
Así cómo no somos los mismos en nuestro barrio, ciudad, país, región, continente o mundo, tampoco han sido los tiempos de nuestros mayores, que se adaptan a lo que ocurre ahora o se quedan desconectados y no logran relacionarse con la familia, vecinos o amigos de la vida.
Los mismos que pueden seguir en la misma sanos si no se hacen dependientes de cualquier cosa o tarea, que deben estar parcializadas por ratos de descanso para estirar el cuerpo, caminar, beber algo o charlar con quien sea en lo posible conversaciones reales porque usamos más que solo nuestros ojos para asimilar la información y responder la consulta o duda sobre lo que sea.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
