domingo, mayo 17

El miedo como prisión / Félix Martín Giménez Barrios

Capaz de que si conociéramos todos los peligros que se encuentran más allá de la
puerta de nuestras casas, probablemente nunca saldríamos. Sabemos muy bien las
clases de infortunios que pueden pasarnos, lo que podría hacernos daño. Estar al
tanto de todos esos riesgos, paralizaría incluso al más valiente. Eso es precisamente,
el miedo en su forma más pura. Este conocimiento absoluto de los peligros, aunque
pueda parecer una ventaja, solo terminaría por paralizarnos.

Aun así, la ignorancia respecto a esos peligros puede ser alguna clase de bendición.
No estar al tanto de todo nos permite avanzar, tomar decisiones y asumir riesgos
calculados. Nuestra sociedad funciona de cierta manera porque creemos que existe
cierta estabilidad, aunque sea una ilusión. La valentía nace, en gran parte, de no
conocer cada peligro.

Aparte, el verdadero peligro que enfrentamos no es solo uno físico; también puede ser
emocional. Salir del hogar siempre implica exponerse más de cerca al fracaso y al
dolor de tener que amar, trabajar o crear. Que el miedo nos haga saber de antemano
todas las formas en que podríamos sufrir, nos convertiría en espectadores pasivos de
nuestra propia realidad.

No obstante, la conciencia de estos riesgos nos ha llevado a crear mecanismos de
protección: cámaras de seguridad, semáforos, seguros y leyes estrictas. Pero incluso
todas estas y muchas otras medidas no eliminan el peligro en totalidad, solo ayudan a
reducirlo. Entonces la confianza en el mundo exterior solo se desvanece y quizá
haríamos de nuestro hogar no solo una fortaleza, sino también una prisión
autoimpuesta.