Por Benjamín Fernández Bogado
Han pasado dos años desde que Abdo asumió el Poder Ejecutivo en nuestra República. Había llegado con la argumentación de que combatiría frontalmente a la corrupción y que no le importaba, caiga quien caiga. Todas esas promesas han quedado en un segundo plano. Han sido dos años extraordinariamente sufridos para la población y complejo para ser coherente con el discurso de Abdo, el mismo que todavía se ufana de haber derrotado a Cartes en las internas, pero que después se abraza con él y lo convierte en su aliado político. Ya lo hizo hace más de un año, cuando lo salvó ese grupo de colorados del juicio político y ahora volvió a abrazarse con él, incluso con un Cartes indiciado por la justicia brasileña de participar en hechos delictivos.
No ha tenido buena visión de jefe de Estado, compromiso ni carácter como para llevar adelante su agenda. No ha tenido para nada un buen gabinete y el único responsable de la elección de sus ministros es él. No ha hecho seguimiento de una agenda, no se ha involucrado en las cuestiones importantes. Y cuando cayó la pandemia, esto todavía desnudó de manera mucho más gravosa la corrupción de varios de sus amigos y de un entorno en donde cada vez se habla de forma más fuerte y sonora de que él forma parte de la corrupción. Quedan tres años todavía y eso es lo que más le preocupa a la gente, no sólo los dos que se han perdido. Y se sabe perfectamente que en un gobierno de cinco años lo que no se hizo en los dos primeros años ya no se podrán hacer en los próximos tres años. Dramática y lamentable conclusión para un gobierno en el que se creía podría enderezar los entuertos después de una azarosa presidencia de Cartes.