De Detroit al Municipal

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Por Cristian Nielsen:

Aunque el zoólogo alemán Martin Heinrich Carl Lichtenstein fue el primero en inscribirlo en la historia natural como “un pariente cercano de la vaca”, o sea, un bóvido o rumiante, la verdad es que el impala es un animalito que no se parece en nada a un toro Hereford y mucho menos a una lechera Holando. Es una especie de antílope o gacela de patas finas, cuello largo y cabeza elegante. El macho de la especie alcanza su madurez con 75 kilos (el promedio del hombre) y, escapando de sus depredadores, puede desarrollar hasta 90 kilómetros por hora.

Pero eso no es todo. Su agilidad le permite bruscas frenadas y radicales cambios de rumbo que lo vuelven prácticamente inalcanzable. Su cabeza y cuello están cubiertos por un pelaje de tono amarillo claro, mientras que la parte superior del tronco es pardo rojizo y el vientre blanco. Un delicado fileteado negro recorre sus patas traseras.

Es, de lejos, uno de los animales más elegantes, estilizados y veloces de la fauna africana.

Sin duda, un diseño natural que debe haber inspirado a los ingenieros de la General Motors.

EL CHEVROLET IMPALA – Hacia 1959 irrumpió en las calles asuncenas un atrevido sedán cuatro puertas alumbrado en su primera generación en las plantas fabriles de Detroit en 1957. Una parrilla clásica a la frente, seguida de una carrocería muy bien labrada que terminaba en dos aletas combadas bajo las cuales brillaban luces de freno en forma de ojos de gato. Era imposible no darse vuelta para mirarlo, casi como a una top model en la pasarela.

El Impala auto intentaba replicar las características del impala antílope de las sabanas africanas. Pronto se convirtió en un icono del “american way of life”: audacia, lujo, belleza y estilo. Su potente motor V8 le permitía desarrollar altas velocidades, algo difícil de lograr en los caminos del Paraguay medioeval de los ’50. El silenciador no alcanzaba a “domar” del todo el fuerte ronroneo de los ocho cilindros y el sordo bramido se convirtió en marca y signo de poder y estatus.

Muy pronto, el Impala pasó a ser una posesión típica de los “nuevos ricos” acuñados por una sociedad que empezaba a despuntar algunos lujos al calor de una dictadura que se afianzaba y paría hijos dilectos con bastante generosidad.

En esto se basó el dramaturgo, comediógrafo, escritor y periodista Mario Halley Mora para poner en las tablas del Teatro Municipal su obra “El impala”.

EL NUEVO ESTATUS – Halley Mora debe ser, sin duda, uno de los intelectuales más destacados del siglo XX. Sus detractores le achacan su militancia colorada y su excesiva condescendencia para con una de las dictaduras más sangrientas de la historia del Paraguay. Pero visto en perspectiva, Halley Mora transitó casi todos los géneros literarios siendo brillante en cada uno de ellos. En especial, la comedia que fácilmente derivaba hacia la sátira con crítica social. Su aliado natural en esta tarea de acicatear conciencias desde el teatro fue Ernesto Báez, director del rubro Baez-Reisófer-Gómez, que llevó a las tablas una variadisima gama de piezas inolvidables, magistralmente realizadas en guaraní y en castellano, con esa habilidad que Báez ponía en danza combinando ambas lenguas en algo más que el plebeyo yopará.

Cuando escribió El Impala, la pacata sociedad asuncena empezaba a disfrutar de las mieles del “precio de la paz”. El contrabando y los negociados con el Estado generaban vertiginosas fortunas que invariablemente cobraban la forma de mansiones aparatosas y de mal gusto, con varias  cocheras en donde relucían los últimos productos de la industria automovilística americana que vivía una especie de “canto del cisne” antes de la irrupción de los autos japoneses y sus descendientes mutantes del Made in USA. Certeramente, Halley ubicó en el Chevrolet Impala el símbolo de la opulencia express de que gozaban ciertas capas sociales bajo la protección del régimen.

El propio autor lo relata:

“La Compañía de Ernesto Báez estrenaba mi comedia ‘El Impala’ en el Teatro Municipal, e iniciábamos con esta obra una abierta crítica social y un soterrado cuestionamiento político que fueron la tónica de nuestros trabajos posteriores. El Impala, era por entonces un suntuoso automóvil de la línea General Motors, con superlativas aletas de avión en la popa, cuya posesión otorgaba a la burguesía el mismo prestigio que hoy darían los Mercedes Benz o los Rolls Royce. La historia era la de una familia que lo sacrificaba todo, hasta la casa y la comida, para disponer de un Impala como prenda de alcurnia. El previsible final era el accidente donde quedaba hecho chatarra el Impala y en ruinas la familia”.

Halley Mora dixit. De todo aquello sólo queda el grácil animalito africano en tren de extinción, un género teatral discontinuado y, juntando polvo en algún garage, el ampuloso Impala de algún nostálgico devoto de los autos antiguos.

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