Sabemos que la danza es un lenguaje universal que trasciende fronteras y épocas. En
cada giro, en cada ritmo, está la esencia de lo que nos hace humanos: la libertad, la
pasión y la conexión con lo divino. Danzar no es simplemente mover el esqueleto; el
cuerpo se vuelve poesía en movimiento. Quién baila, aunque sea por un instante, ya
ha vivido eternamente.
No existe escenario pequeño o ritmo insignificante cuando se baila con corazón. Sea
en las calles, en los teatros o en la calidez del hogar, la danza une a generaciones y
culturas. Los pueblos de la antigüedad bailaban para llamar a la lluvia, celebrar la
cosecha y para despedir a los guerreros caídos. Hoy se sigue danzando en las bodas,
cumpleaños, en soledad brindando, porque el movimiento nos recuerda que con vida
estamos.
¿Y qué será de nosotros cuando nuestros cuerpos ya no puedan seguir ritmos? Quizá
entonces la danza se convierta en vuelo, en luz que acompañe a los paisajes del más
allá. Porque si en esta tierra bailamos para celebrar la vida, ¿por qué no habríamos de
hacerlo después? El propio universo es una coreografía infinita de galaxias y estrellas.
La muerte no será el final, solo un cambio de música.
Entonces danzad, benditos, danzad. Ahora y siempre, incluso en la otra orilla, sean
luces o tinieblas. Que la última nota no sea un adiós, sino un bis eterno. El alma que
baila jamás dejará de hacerlo, ni siquiera más allá

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
