La libertad individual es lo más sagrado que existe y al mismo tiempo, la carga más
pesada que tiene la humanidad. El filósofo Jean-Paul Sartre lo expresó sin rodeos:
“estamos condenados a ser libres”. No se trata de una elección, sino de una condición
inevitable. Toda decisión que elegimos, desde las más triviales hasta las más difíciles,
nos recuerda que no podemos escapar de esa responsabilidad.
La libertad no es ningún privilegio que se disfruta sin consecuencias; es un
compromiso constante con nosotros mismos y con la sociedad. En ella reside la
posibilidad de crear, amar, rebelarnos y cambiar el mundo. Pero también implica el
riesgo de fracasar, de cargar con culpas y de enfrentar la angustia de no tener nada
seguro. Esa es la mayor condena, no hay manual, no hay destino escrito, solo
elecciones que nos definen.
El renunciar a la libertad individual es equivalente a renunciar a la esencia misma de
toda dignidad humana. La historia demuestra que las naciones que han defendido la
autonomía personal han sido los que más han avanzado en derechos y justicia. Estas
culturas han logrado lo mejor de la libertad junto a la igualdad.
Al reconocer que estamos condenados a ser libres, aceptamos que la vida da miedo.
Somos responsables de nuestras acciones, de nuestros silencios y de nuestras
versiones de la historia. Pero no necesariamente debemos de ver este hecho como un
castigo o como un peso que cargar hasta la tumba, podría tratarse de una forma de
entender mejor el mundo y en ese proceso, darle un sentido a la existencia.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
