miércoles, diciembre 10

Camino equivocado

Aún a riesgo de que suene a “palo porque bogas… palo porque no bogas”, diremos que el Ministerio de Agricultura y Ganadería está poniendo paños tibios al problema de fondo que afecta a la producción hortofrutícola nacional. ¿Cómo lo hace? Asumiendo un rol que no es el suyo. Recientemente, el MAG se congratulaba a sí mismo en una crónica oficial celebrando el “éxito rotundo” en las ferias de tomates organizadas por el ministe­rio. Los productores vendieron muy bien sus productos y todo el mundo contento. Pero ese no es el mundo real, que está en otra parte, muy lejos del voluntarismo oficial.

Los circuitos de comercialización de alimen­tos son uno de los troncales más importan­tes de la economía. Allí radica uno de los componentes más sólidos y expansivos en la generación de riqueza. Son una fuerza muy poderosa que si no se la equilibra, por impul­so natural tiende a beneficiar solo a un extre­mo de la cadena. El balance es lo que cuenta.

Hay una pregunta que cada productor se hace con frecuencia y que generalmente no tiene una respuesta eficiente: ¿Cómo puede ser que un kilo de tomate que yo vendo en finca a 2.000 guaraníes llegue a costar 10.000 en la góndola de un super­mercado? Llevaría horas y páginas enteras explicar cómo se produce este fenómeno aparentemente inexplicable. Intentaremos hacerlo aquí por la vía del ejemplo.

El 75% de los géneros frescos que se con­sumen en el gran Buenos Aires proviene del cinturón hortofrutícola que la rodea. Suena lógico y entendible. Lo que es más difícil de comprender es que ese sector está operado casi en su totalidad por bolivianos, quienes se han organizado en cooperativas y asociaciones y firmado un convenio con el gobierno autónomo de la capital y de la provincia de Buenos Aires para proveer, bajo ciertos patrones de calidad, precio y sosteni­bilidad, todas la frutas, hortalizas y verduras que demanda el conglomerado urbano de más de 12 millones de habitantes. En este caso, el estado provincial ha puesto lo suyo pero no para llevar de la mano a los produc­tores sino para garantizarles un escenario propicio para vender sus productos. El resto lo hacen ellos mismos… organizándose.

Se trata de garantías de libre competen­cia, no de asistencialismo paternalista.

¿Se entiende la diferencia?