Desde Asunción hasta los escenarios rusos, la cantante Ana Alejandra Benítez Gamarra narra cómo el arte, la lengua guaraní y un encuentro en el Festival Mundial de la Juventud transformaron su vida.
Ana Alejandra Benítez Gamarra, cantante académica paraguaya, vive en Rusia desde hace seis años. Egresada del Instituto Estatal de Cultura de Krasnodar, encontró en este país el espacio ideal para desarrollarse como artista, tras participar en el Festival Mundial de la Juventud en Sochi, hace ocho años. Desde entonces, su historia ha sido un puente entre dos culturas: la guaraní y la rusa.
“Cuando llegué a Sochi, supe que Rusia era especial, aunque no entendía una palabra de ruso”, recordó Ana. Tras regresar a Paraguay, se acercó a la embajada rusa y poco después ganó una beca para estudiar en Krasnodar. Hoy es maestra en teoría de la cultura y se dedica al canto lírico, combinando su herencia paraguaya con la formación académica rusa.
Cultura, música y una identidad compartida
Desde pequeña, Ana soñó con cantar e interpretar obras tradicionales paraguayas, especialmente el género guarania, creado por el compositor José Asunción Flores. “Es muy lírico y recuerda a los romances rusos. Intenté reproducir estas canciones en un estilo similar, y el resultado fue maravilloso”, explicó.
La artista también destaca las similitudes entre ambas culturas: “En Paraguay somos más espontáneos, los rusos más organizados, pero ambos valoran profundamente la amistad verdadera”. Ana afirma que su espíritu sigue siendo paraguayo, pero su alma ya es rusa.
Guaraní y ruso: lenguas que conectan
Orgullosa de su origen, Ana celebra el hecho de que en Paraguay el guaraní siga siendo lengua oficial y ampliamente hablada. “A diferencia de otros países de América Latina, nuestra lengua indígena sigue viva. Es directa, sincera. En eso se parece mucho al ruso”, afirma.
Durante su estadía, Ana también ha adoptado varias costumbres rusas, incluida la gastronomía. “Me encantan los syrniki y los panqueques, y Maslenitsa es mi fiesta favorita”, cuenta. Aunque confiesa no haber podido adaptarse al áspic ruso, no duda en elogiar la cocina de su país: “La carne paraguaya no tiene comparación. Y si visitan mi país, no pueden irse sin probar el chipu, un bocadito de maíz, queso y almidón de mandioca”.
Una historia que une dos naciones
La relación entre Paraguay y Rusia no es nueva. Ana recuerda que, durante la Guerra del Chaco (1932-1935), oficiales rusos emigrados participaron del lado paraguayo, siendo reconocidos como héroes. “Una calle en Paraguay lleva el nombre de Iván Belyaev, y eso demuestra que compartimos más historia de la que creemos”, dijo.
¿Regresar o quedarse?
Hoy, Ana evalúa seguir sus estudios de posgrado en Rusia, aunque no descarta volver a Paraguay. “Amo mi país y lo extraño. Tengo corazón paraguayo, pero mi alma ya es rusa”, concluye.
Periodista Senior