A un año de que la cuarentena inició, el gobierno sigue sin acertar al blanco con su comunicación. Lejos de imponer respeto, enseñan que no tienen bajo control la situación. Al contrario, generan impaciencia, confusión y les resta seriedad.

Nacieron los decretos que aclaran decretos, las conferencias retractando la anterior y ministros contradiciéndose entre sí. Las ideas poco claras, el descuido en los detalles y la falta de dirección de sus declaraciones muestran una clara improvisación de las autoridades. No saben dónde están parados.

Con la nueva camada de ministros uno esperaría que puedan leer mejor las cartas y bajar la tensión del ambiente. En su primera conferencia de prensa juntos, no lograron hacer llegar el mensaje a la ciudadanía y el rechazo a lo impuesto en los decretos friccionó más la relación gobierno-pueblo. Es porque no dejan de vivir en un mundo de fantasía donde nadie pierde un trabajo, los chicos van al colegio y los negocios prosperan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La falta de empatía hacia los sectores que operan en horario nocturno y castigar nuevamente a un pueblo que se encerró por meses para cuidar a los suyos a cambio de que cumplan con su parte generó un descontento unánime, ¿acaso no midieron cómo podría reaccionar su gente?, ¿por qué no fueron capaces de reunirse antes para consultar a los gremios y llegar a medidas que sean acertadas y convenientes?, ¿el único plan es el encierro, no hay plan B?

Hay una cosa cierta, el gobierno no tiene autoridad moral para pedir absolutamente nada al pueblo paraguayo, que los está respirando en la nuca para que busquen vacunas hasta debajo de la alfombra. Ya no toleran que los niños falten a las escuelas, no ceden a restricciones poco eficaces, y ya no tienen miedo de desobedecer. Lo vimos en las calles, en los medios de comunicación y en las redes sociales.

El liderazgo que no existe en el Paraguay de la Gente nos devolvió al punto de partida: un marzo de incertidumbre y a la deriva.

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