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Opinión

The Mother of all Banana Republics

“La madre de todas las repúblicas bananeras” bien podría ser el calificativo que fue instalándose minuto a minuto en todo el mundo, el último miércoles 6 de enero, en vivo y en tiempo real, durante la sesión ceremonial del Congreso de Estados Unidos, convocado para declarar formalmente la victoria del presidente electo, Joseph Biden.

Las escenas en Washington se parecían demasiado a las que recorrieron durante décadas lo largo y ancho de América Latina y otras regiones del planeta. Tal vez la diferencia es que en otros tiempos llegaban después de los acontecimientos y con un maquillaje de la información, que no siempre dejaba al desnudo las verdaderas causas de la revuelta social e inestabilidad del “ingobernable, endeudado y colorido país”.

Ni el Hollywood de sus mejores épocas podría haber montado una escena tan convincente, con actores principales y extras voluntarios, que acudieron al llamado del presidente Donald Trump para detener el conteo de los votos electores, en una gran producción, como ya no ocurren.

Casi como inesperado regalo de Reyes, el Capitolio era ahora el depositario directo de las instigaciones de un líder derrotado: “Nunca nos rendiremos”, “Nunca cederemos. No se concede cuando se trata de un robo. Nuestro país ya ha tenido suficiente. No lo soportaremos más,” y al grito de “Lucha por Trump, Lucha por Trump”, las hordas salvajes invadían la ciudadela de la democracia, llegando al propio recinto para ocupar el lugar del vicepresidente en el estrado del Senado y sentados en el escritorio de la presidenta de la Cámara de Representantes. Mientras tanto, éstos, en medio de escenas de violencia y caos, huían por los sótanos del Capitolio para ponerse a buen resguardo.

El ataque al Capitolio fue el primero realizado por una turba fanatizada y sin mucha claridad política, estimulada por un presidente que, de la triste imagen del rubio del jopo eterno en televisión, pasó a ser un delirante tan peligroso como los terroristas islámicos que dice combatir. Solo los británicos tomaron el edificio en 1814, según la Sociedad Histórica del Capitolio de Estados Unidos. Cuatro nacionalistas puertorriqueños ingresaron al edificio de manera pacífica en 1954 y se sentaron en la galería de visitantes de la Cámara y entonces sacaron armas y abrieron fuego indiscriminado hiriendo a cinco legisladores. En 1998, un hombre armado ingresó al recinto y mató a dos integrantes de la Policía del Capitolio. Episodios aislados, pero sin la gravedad y vergüenza generalizada por tratarse de un acto insurreccional, golpe de estado o sedición. Lo cierto es que cualquiera sea, ocurre en las entrañas de uno de los países que se autodenominan como referentes de la imagen de la democracia en el mundo y con pretensiones de exportación de ejemplo republicano. Estos hechos que sorprenden negativamente y son condenados por la mayoría de la comunidad de naciones, tienen una similitud asombrosa a los que ocurrieron en otras épocas con la complacencia o no de la Embajada de Estados Unidos, según el grado de afinidad del gobierno de turno.

Este procedimiento bananero, Made USA, se repitió lamentablemente en nuestros países con un saldo luctuoso, mucho mayor que los 5 muertos del Capitolio. Significó enfrentamientos entre ciudadanos de un mismo país, la desaparición, la tortura y el exilio, frente a miradas complacientes, que solo detallaban en sus informes a Washington las pintorescas características de esos extraños, exóticos y endeudados países. Tal vez haya llegado el momento de mirar la realidad sin anteojeras ni premisas ideológicas.

Hechos salvajes como el relatado, obliga a los gobernantes no solo a mirarse a sí mismos, dado que son los protagonistas de tamaño desatino, sino también a mirar al patio trasero o países periféricos, reconociendo que esos asuntos raros, hoy forman parte de vuestros asuntos internos. El mundo es cada vez más pequeño, la historia golpea con rigor y claro mensaje. O hacemos de este planeta un hogar común, equitativo y sustentable, o estamos condenados a contribuir solidariamente a su desaparición.

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