viernes, mayo 1

Templos de la infancia / Félix Martín Giménez Barrios

Capaz que algunos de ustedes tengan recuerdos muy nítidos de su niñez, otros quizá
conserven solamente algo muy fugaz de esos tiempos, de lugares que solíamos
frecuentar con familiares, amigos y compañeros, muchos de ellos ya no presentes en
nuestra vida. Esos lugares para algunos, fue la zona de juegos de algún parque o
plaza pública, tal vez cierto lote baldío perfecto para el juego de las escondidas,
seguramente recordamos alguna cancha de tierra donde disputamos épicos partidos
de futbol.

Evidentemente, hemos crecido y no solo hemos perdido amigos por el camino,
también muchos de esos lugares en donde pasábamos las tardes o noches
disfrutando de juegos al aire libre, ya no existen, fueron reemplazados por otro tipo de
infraestructura o edificación. Ciertamente, de chicos no lo sabíamos y nuestros padres
o encargados no nos informaron, pero, esos sitios no eran simplemente zonas de ocio,
eran templos en donde estábamos seguros, consagrados con la presencia de nuestros
seres queridos.

Hoy día, la tecnología se ha encargado de reemplazar aquellos santuarios, los niños
de las nuevas generaciones directamente edifican sus templos en mundos virtuales,
con la ayuda de avatares online que ocupan el lugar de las figuras de acción que
solíamos tener. Pero no podemos simplemente juzgar a los chicos de ahora, cuando
los adultos hemos convertido la nostalgia en negocios. Juguetes vintage, nuevas
versiones de películas que son sagas interminables, replicas de nuestros primeros
videojuegos.

Muchas veces solemos consumir todo eso, como si al hacerlo pudiéramos recuperar
fragmentos de aquella pasada felicidad. Pero los templos de la infancia no se
reconstruyen con esos objetos o servicios, sino con la voluntad de creer en lo invisible.
No lo recordamos, pero así de grande era la inocencia antes, cuando solíamos mirar a
los cielos en busca de dragones o brujas, si hoy día levantamos la vista es solo para
ver el estado del clima y si eso no nos arruinará el día.

Aun así, existe una clase de paradoja cuando recordamos muchos de esos lugares y
momentos de nuestra infancia. Queremos pensar que eran lugares de pureza, pero
nos cuesta aceptar que también fueron sitios en donde enfrentamos nuestros primeros
miedos, algunos de ellos quizá nos acompañen actualmente sin darnos cuenta.
Resulta hasta una locura preguntarnos, ¿a cuantos peligros estuvimos expuestos sin
notarlo? Claramente la infancia no era un paraíso perfecto, solo sobrevivimos a sus
desafíos.

Es por eso por lo que la idealizamos, porque nos sentíamos invencibles en esos días,
y de cierto modo lo éramos. Algunos de nosotros somos afortunados al conservar
intactos algunos de esos templos en donde niños podíamos ser todo lo que
queríamos, como la casa de los abuelos. Es muy fácil decir que los niños de ahora ya
no juegan como antes pero eso es ignorar que cada generación tiene sus propios
rituales, los templos de la infancia solo cambian y merecen respeto, aunque ya no
entendamos sus liturgias.