En la leyenda “El rayo de luna” de Gustavo Adolfo Bécquer, el protagonista de nombre
Manrique persigue por semanas una silueta etérea que aparece en las noches,
convencido de que es la mujer más bella, el amor absoluto. Una noche finalmente la
alcanza, pero resulta que solo era un rayo de luna danzando entre ramas del bosque.
Esto destruye por completo a Manrique, descubre que todo lo que mueve al ser
humano, el amor, la gloria, la belleza y los sueños no son más que simples reflejos de
la mente.
A partir de ahí, Manrique repite cada tanto que “todo es un rayo de luna”. Sus
familiares y amigos lo consideran un loco; en cambio para el narrador, ha recuperado
el juicio. Manrique ha contemplado la verdad que la mayoría se niega a reconocer: nos
pasamos la vida persiguiendo reflejos porque brillan hermosos desde la distancia, pero
al llegar a ellos, descubrimos que capaz no eran lo que creíamos, dejándonos solo con
ira y vacío.
Bécquer no brinda consuelo. Nos muestra el precio de dos caminos: la ignorancia de
vivir intensamente, amar ciegamente, luchar por ideales; o la cordura que paraliza todo
lo bello, porque sin ilusiones no hay combustible para existir. Manrique elige, o es
condenado mejor dicho, a aceptar que la realidad es frágil y efímera. Pierde el sentido
de la vida, pero gana una honestidad trágica.
Hoy día, nos bombardean con comerciales y proyecciones perfectas como en ningún
otro tiempo. Seguimos persiguiendo reflejos con mas deseo, buscamos perfiles
idealizados, éxitos virales, amores editados. Cuando el filtro se apaga, reaccionamos
con cinismo, ira o negación directa. Quizá un acto de cordura sea reconocer que nada
es lo que parece, y elegir ir tras esos reflejos de todos modos, porque sin ellos, la vida
sería mera oscuridad.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
