Todo inicio de año trae consigo una suerte de aire de renovación. El calendario
occidental nos recuerda cómo nuestro tiempo avanza, pero también nos ofrece la
oportunidad de redefinir algunas prioridades o metas. Estas fechas de inicio de año no
son solo días comunes, quizá son símbolos de que aún estamos a tiempo de construir
un futuro distinto y más esperanzador.
Estas nuevas esperanzas no surgen de la nada; nacen de nuestra capacidad y
necesidad de aprender de lo vivido. El año que dejamos atrás, con sus luces y
sombras, algunas que queremos recordar y otras olvidar, demuestran que la resiliencia
no es una palabra de moda, sino una actitud vital. En medio de la incertidumbre global,
la esperanza se convierte en una carta de resistencia: creer que lo mejor está por
venir, incluso si los pronósticos parecen decir otra cosa.
Debemos entender que toda esperanza requiere por supuesto voluntad como primer
ingrediente. Esto significa tender puentes donde antes había muros, escuchar más y
actuar de acorde a la ocasión. Cada pequeño gesto, desde cuidar el medio ambiente
hasta cuidar más de nosotros como de la familia, es un pequeño paso que damos
hacia un mundo nuevo.
El nuevo año es un lienzo en blanco. La pregunta es qué trazos queremos dejar en él.
Porque resulta que las nuevas esperanzas no deben ser solo promesas vacías, sino
compromisos que nos inviten a vivir con propósito y fe en el amanecer de un nuevo día
en este tiempo, en esta tierra.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
