Sabemos muy bien que lo frágil de la vida humana es una de las verdades más
profundas y difíciles de aceptar. Lo que consideramos como seguro y permanente,
puede irse en un instante por algún giro inesperado del destino. La fragilidad de la vida
no es algo que se enseñe, pero todos aprendemos de ella tarde o temprano, de
distintas formas, más de las que creemos posibles.
Aceptar este hecho, no necesariamente significa que nos rindamos ante el miedo de
perder todo aquello que más valoramos. Simplemente, nos ayuda a entender el valor
del momento presente. Sabemos bien que nuestro tiempo no es infinito, que los
abrazos y conversaciones tienen fecha de caducidad, una que no siempre sabemos, y
quizá mejor no saber.
Esta vulnerabilidad de nuestra existencia es también una invitación a vivir con
propósito. A dejar de perseguir la perfección, a empezar a cultivar significado. No se
trata de que debamos de temer al fin, sino de que podamos usar esos conocimientos
adquiridos para poder vivir con honestidad, con más pasión y compasión, para amar a
alguien como a nosotros mismos.
Tal vez nunca seamos capaces de controlar cuánto dura la vida, pero sí podemos
elegir cómo la habitamos. No somos eternos ni perfectos, todos venimos al mundo sin
nada y así nos vamos. Lo único que sí podría durar hasta el fin del mundo son
nuestras obras, si es que son hechas con pasión y verdad. Después de todo, la
fragilidad de la vida humana, es lo que sirve de combustible para existir con verdadera
y orgullosa fuerza.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
