miércoles, mayo 6

Ecos de la mente / Félix Giménez

Cuando todo es silencioso en nuestra conciencia, nuestros pensamientos no surgen
de la nada. Son ecos distorsionados de voces que alguna vez hemos escuchado,
conversaciones pasadas y lecciones que creímos aprender. La mente funciona como
una vasta cámara de resonancia donde cada momento deja su huella sónica. Esos
rastros sonoros se recombinan para formar lo que ingenuamente conocemos como
“voz interna”. La pregunta en este caso es: ¿hay algo real u original en ella?

Vivimos creyendo en nuestra autonomía cognitiva, pensamos que somos dueños de
nuestras ideas y acciones. Sin embargo, cada juicio y prejuicio fueron, en su origen, la
opinión de otro. La educación, la cultura y hasta las fobias no son más que sonidos
instalados por otras personas en nosotros. La libertad intelectual consiste entonces en
saber ubicar de dónde provienen esos ecos. Conocer el motivo detrás de las
influencias que elegimos permitir entrar a nuestro cerebro.

El verdadero peligro está en no ser conscientes de esta cacofonía interna. Al no
cuestionar el origen de nuestros pensamientos, corremos riesgo de ser solo unos
altavoces de discursos ajenos. Por eso es que el autoconocimiento es en realidad una
suerte de arqueología en la mente, una excavación para hallar la fuente primigenia de
cada resonancia de ideas que reside en nosotros, y en cada persona alrededor
nuestra, aunque eso ya resulta algo mucho más complicado de hacer.

Nuestra tarea no es silenciar estos ecos que podrían ser dañinos o ambivalentes, sino
orquestarlos con propósito. Debemos admitir que nuestra mente es más compleja de
lo que creemos, es un coro de cada vida que nos ha tocado. La sabiduría consiste en
saber a qué voces subirle más el volumen y a cuáles evitar. Solo con ese acto es que,
quizás, podríamos encontrar nuestra verdadera y única originalidad.