martes, febrero 3

Detrás del fraude

Cada vez que se descubren chanchullos en algún proceso licitatorio, una ola de indignación atra­viesa a la sociedad. Las condenas estallan y chis­porrotean para luego calmarse hasta el siguiente caso. Y son tantos los destapes que prácticamen­te habría que vivir en un estado de permanen­te indignación si se respondiera a todos ellos, cosa obviamente imposible. Esto lo saben los piratas de las licitaciones, que ya le han toma­do el tiempo a la sociedad y esperan con pa­ciencia a que los titulares desaparezcan de los diarios, que son sus principales perseguidores.

El problema de las licitaciones amañadas no se limita a los montos defraudados sino a las consecuencias que se arrastran. Aparte del asalto al tesoro público, el país debe cargar con el peso de obras mal hechas, hechas a medias o, peor aún, nunca realizadas.

Tomemos uno de los últimos ejemplos. Se trata nada menos que de 185 estableci­mientos educativos destinados a prestar un servicio invaluable a la formación de niños de la primera infancia. Si esos espacios no se terminan a tiempo o no reúnen las condicio­nes apropiadas de uso, el daño que se produce a todo el proceso es aún más inestimable.

El mal empleo o malversación de recursos públicos destinados a obras de infraestructu­ra es un clásico dentro de las innumerables formas que los sinvergüenzas encuentran para quedarse con dinero que no les pertenece. Y tan grave como el robo liso y llano es el mal uso de recursos valiosos. A mayo pasado, el tesoro público había remitido a los gobier­nos municipales y departamentales casi un billón (996.000 millones) de guaraníes, entre dinero del FONACIDE y de los royalties de las binacionales. Ese mismo mes vencía el plazo para la rendición de cuentas, cosa que no habían hecho 56 de dichos gobier­nos. ¿Gestión ineficiente, ocultamiento? Como quiera que sea, si alguien no infor­ma qué ha hecho con fondos que le han sido confiados, hay derecho a sospechar.

Las consecuencias de una mala aplicación de recursos públicos son muchas: rutas que se destruyen a poco de inaugurarse, edificio que se agrietan y servicios que no se prestan. Dinero robado o derrochado cuyas conse­cuencias son el atraso y la postergación.

Ese es el daño principal, no sólo el fraude en sí mismo.