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Opinión

Consciencia y sanación

Desde muy pequeña tengo fuertes dolores de cabeza, mareos y náuseas y a pesar de que los dictámenes médicos decían que era por alergia a los colorantes, mi mamá siempre creyó que eran consecuencia de la falta de oxígeno, pues contaba que antes de nacer mediante una improvisada cesárea, pasé varios minutos atorada en el canal de parto. Pero no fue, sino hasta hace muy poco tiempo que descubrí que el origen de mis males era mucho más sencillo: la falta de agua.

Resulta que cuando nos mudamos a nuestra casa nueva, el agua que llegaba era gracias a un sistema comunitario de agua potable que estaba siendo construido por indígenas de la zona. A cada familia se le asignaban seis metros en algún lugar del páramo para que con pico y pala, hiciera zanjas e introdujera grandes y pesadas tuberías que debían ser llevadas en hombros hasta la zona, pues la carretera no llegaba sino hasta la mitad de la montaña.

A nosotros también nos llegó la notificación, si queríamos agua, debíamos participar en la “minga” (trabajo comunitario no remunerado). Mi papá, seguro de que ni él ni mi mamá iban a poder con el trabajo asignado, contrató unos albañiles para que ayudaran. Eso ofendió mucho a los mingueros, y un domingo durante la junta directiva que se realizaba en la iglesia de la parroquia decidieron que el agua no llegaría a la casa del engreído economista.

Cada mañana mi turno de ir al baño llegaba después de mis 3 hermanos, tenía que sentarme allí con o sin ganas y no se soltaba agua sino hasta que los 4 hubiéramos hecho nuestras desocupaciones. Yo entraba al baño tomando una gran bocanada de aire y me quedaba allí, en una esquinita, aguantando la respiración y salía sin haberme sentado siquiera.

Así, aprendí a sostener las ganas desde muy pequeña. Luego, no sé en qué momento ni como, se hizo costumbre y podía pasar hasta 4 días sin ir al baño. No es sino hasta hace poco tiempo que tomé conciencia de lo sucedido y del impacto que tuvo en mi vida. Desde ese momento nunca más volvieron los dolores.

Diva Ávila
Escrito por

Consultora internacional Derecho Económico y Derechos Humanos

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