Muchos confunden el perdón con olvidar o justificar el daño recibido, pero en realidad
se trata de liberarse del resentimiento que nos tiene encadenados. Algunas veces,
guardar rencor solo nos envenena el alma y nos impide avanzar. Perdonar no significa
reconciliación obligatoria, sino elegir la paz interior. Es un regalo que nos hacemos a
nosotros mismos para nuestro beneficio.
Resulta evidente que el perdón es un proceso lento que requiere tanto de reflexión
como de empatía. Intentar entender a otros, aunque no los justifique, puede que ayude
a sanar ciertas heridas. No se trata de excusar el error, sino de buscar un nuevo
enfoque en la vida, evitando el odio. Es una opción para poder reconstruirnos.
El rencor es como una cadena que nos condena a repetir el sufrimiento. Cuando no
podemos perdonar algo, cargamos con un peso que afecta nuestra salud, tanto física
como emocional. En cambio, dejar ir el resentimiento abre las puertas a la serenidad.
La vida es muy corta como para estar pendientes de ciertos errores del pasado.
Aprender a perdonar es también un acto de coraje, pues reconocemos que nosotros
también hemos fallado. No somos seres perfectos, somos capaces de hacer maldades
y de herir a otros, consciente o inconscientemente. La compasión hacia el resto nace
de recordar nuestras propias debilidades. Perdonar nos hace humanos y recordar que
seguimos vivos.
Al final, el perdón es una opción que convierte el dolor en crecimiento. No siempre es
algo fácil, pero capaz que necesario para vivir en libertad. Si es que decidimos
perdonar algunas cosas, capaz recuperamos el control de nuestra vida y emociones.
Perdonar es en esencia, darnos de nuevo una oportunidad para ser felices, encontrar
nuevos horizontes y un futuro lleno de posibilidades benignas.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
