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EL CANDIDATO
jueves, mayo 6, 2021
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Asunción

A la sombra de la fé
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La iglesia católica siempre tuvo problemas para manejar los casos de inconducta de su jerarquía y sus servidores, por ejemplo, sacerdotes. Las denuncias de curas abusadores generalmente terminan en lo mismo: tapando las historias, trasladando al violador o, como en el último caso registrado en Lambaré, expulsándolo con el inevitable resultado: el tipo fue saltando de parroquia en parroquia hasta que alguien terminó denunciándolo.

Estas historias son tan repulsivas como reiterativas. El caso Lambaré está recién en la etapa preliminar de sumario pero a medida que los detalles van surgiendo de la investigación se puede componer, como en un rompecabezas, la personalidad del abusador.

El sujeto hizo carrera como catequista y bajo esa figura, organizaba “grupos de oración” integrados casi exclusivamente por niñas y jovencitas. El resto es fácil imaginarlo, por inmunda que sea la imagen resultante: un adulto de 35 años, discapacitado, que se hacía higienizar por sus catecúmenas y servir de cien
maneras diferentes, incluyendo la sexual.

Si la parroquia en la cual la policía y la fiscalía pusieron fin al rosario de perversiones del susodicho catequista era la tercera, quiere decir que la iglesia, institucionalmente, debería haber tenido información precisa sobre las andanzas del depredador sexual. Si ya lo habían expulsado de dos de ellas, la tercera debió haber sido “la vencida”, como suele decirse. Pero, ¡0h sorpresa! no lo fue.

Si no hubiera mediado la denuncia que movió a actuar a las autoridades, el pervertido habría seguido abusando de sus alumnas y la iglesia, una vez más, guardado silencio cómplice. Lo más repugnante de todo es que para que este mecanismo de abuso funcione se deben dar varios factores concurrentes, por ejemplo, la autoridad espiritual que emana de una religión como la católica.

El templo, el altar, la liturgia, la misa, el cura, la confesión, la comunión, los rezos y la necesidad que muchas personas de buscar respuestas en la fé. A veces, a esta búsqueda mística se une la necesidad material, que en este caso funcionó al revés ya que el catequista se hacía pagar a cuotas un auto por sus catecúmenas. O sea, que al abuso sexual se une la explotación económica.

Como en tantos otros casos, la iglesia mirará para otro lado y se lavará las manos. Nada nuevo.

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