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¿Vos también sentiste el «síndrome de las caras vacías»?

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Con la obligatoriedad del uso de los tapabocas, era prácticamente imposible dimensionar que nos encontremos en un lugar sin estos. Aunque al principio la sensación de asfixia se hizo presente y se antepuso un hartazgo por la utilización sin descanso, poco a poco nos fuimos adaptando a taparnos la mitad del rostro, principalmente por nuestra salud.

Teniendo en cuenta que los tapabocas se convirtieron prácticamente en nuestra segunda piel, no resulta extraño que la costumbre hacia ese pedazo de tela se haya convertido casi en una necesidad.

Actualmente, al salir de la casa, el elemento más indispensable antes de ir a algún lugar es el barbijo y, en algunos casos, ya casi se convirtió en un hábito muy acentuado, incluso cuando te encuentres solo.

Así, lo que en un principio era utilizado mayormente para proteger nuestra salud, ahora se convirtió en un requisito para no sentirnos vacíos, como si algo esencial nos faltara al momento de salir de nuestra casa.

Si sentís que esto también te está pasando, consiste en el “síndrome de las caras vacías”, algo que bajo tu total desconocimiento, se fue desarrollando para confundir tus percepciones.

UNA NECESIDAD CONSTANTE

En muchos países se eliminó la obligatoriedad del uso del tapabocas, a menos que se trate de lugares cerrados. Sin embargo, para algunas personas ha sido casi imposible dimensionar sacarse el barbijo, aunque ya no sea una exigencia portarlo.

De acuerdo al medio español elDiario.es, muchos profesionales han denominado a esa sensación como “síndrome de la cara vacía” y el psicólogo Jorge Lareo, licenciado del Instituto Psicológico Cláritas de Madrid, dijo que no se trata de ningún trastorno ni enfermedad mental.

El especialista también advirtió la detección de los síntomas relacionados, en un número creciente de personas, englobado de manera general en un miedo a retirarse la prenda.

Por definirlo brevemente, el psicólogo Lareo entiende el síndrome como «un conjunto de síntomas que se están disparando entre las personas de carácter ansioso ante el hecho de quitarse la mascarilla y mostrar la cara».

Sin embargo, el especialista destacó que otra razón directa puede ser el temor a mostrarse de nuevo socialmente; esto teniendo en cuenta la cantidad de tiempo invertida en aislarnos de cualquier contacto físico y relacionamiento con otras personas, sin que exista un pedazo de tela de por medio.

SÍNTOMAS Y TRATAMIENTOS
Según un informe publicado en el medio español Nius, José Antonio Galiani, psicólogo en el Centro Psicosanitario Galiani, de Sevilla. La principal sensación que se presenta con el síndrome es el de una desprotección absoluta; a esto se le suma angustia, ansiedad, miedo o temor, conectando inevitablemente con el sistema psicofisiológico, que se traduce en: nerviosismo, dolores, inquietud, sudoración, entre otros.

En casos extremos, algunas personas llegan al punto de no querer socializar, poseer una protección exagerada y llegar a evitar a las personas. Es decir, lo que antes se hacía de forma natural, ahora se va recuperando lenta y paulatinamente.

Acerca de los posibles tratamientos o ejercicios para ir dejando de lado el síndrome, Galiani recomendó trabajar las expectativas aprehensivas y mantener una buena actitud hasta que la nueva normalidad se establezca al menos un poco.

Así, centrarnos en los beneficios de respirar aire puro y dar un paso más a ser lo que éramos antes, pero teniendo en cuenta la normalidad actual, podría facilitar a que nos olvidemos de la mascarilla cuando cada uno se sienta preparado.

Aunque pueda surgir el miedo a “¿cómo me verán los demás?”, la imagen de uno mismo ubicada detrás de la mascarilla, en realidad genera una falsa confianza, generando así como que falta un factor esencial en el rostro. Por ello resulta importante llevar a cabo los consejos mencionados, para trabajar también en la aceptación de nosotros mismos.

Más allá de la protección y la idea de mantener la buena salud, muchas personas se mantendrán con las mascarillas porque se sienten expuestas, descubiertas y vulnerables no solo ante la posibilidad de contraer una enfermedad, sino también para entablar un proceso de socialización con alguien más.